Texto y fotos: Augusto González Pradillo
Alsacia es esa región francesa llena de pueblos y ciudades con nombre alemán y que muchos creen que sirve, esencialmente, para soñar despiertos en Navidad al recorrer sus mercadillos, entre el frío y la nieve.
Mantengamos alto el gusto casi universal por los puestecillos iluminados de cualquier diciembre, de acuerdo, pero a lo largo del año es inteligente asomarse también por aquí para conocer mucho más.
En cualquier estación Alsacia entera parece sacada de un cuento, con sus casas de entramado de madera y rincones bucólicos que te obligan a caer en la tentación del selfie. Los demás también cuenta. Te lo contamos.
Primer consejo:
Viajar en avión, aprovechando la comodidad de
Air Nostrum
Tiene que reconocer el arriba firmante que siente una cierta debilidad por Air Nostrum. La compañía regional española, integrada en Iberia, cuenta con una flota de Bombardier CR100 que la hacen única. También el hecho de que te animen a dejar la maleta en la bodega y hacerlo a pie de pista: jamás este periodista ha tenido problema alguno con el equipaje siguiendo tal procedimiento, cómodo y rápido a partes iguales. En el mismo vuelo para realizar este reportaje, como parte del pasaje viajaba una conocida ministra del Gobierno de España, que optó por llevar su maleta en cabina. Sin problema tampoco. Pero innecesario.
Y, por supuesto, hay datos para convencerse de que los aviones más pequeños facilitan vuelos más confortables que los más grandes. Compruébalo.
Así, el trayecto entre Madrid y Estrasburgo se cubre con rapidez y te deja dispuesto para, a la llegada, alquilar un coche y salir de la capital alsaciana en busca de nuevos horizontes.
Tras unos cuantos kilómetros por autopista ha tenido que ser aquí, en esta tierra a caballo de Francia, Alemania, Suiza o Luxemburgo donde encontramos uno de los más memorables monumentos a la Europa sin fronteras: la Biblioteca Humanista de Sélestat, un templo del saber que nos ilumina desde el Renacimiento.
Luego, después de recorrer Sélestat, podremos asomarnos con otros ojos al castillo de Haut-Koenigsbourg, la fortaleza que sobre cimientos medievales levantó el kaiser Guillermo y que disfrutó bien pocas veces antes de ser derrocado tras la I Guerra Mundial.
La Biblioteca Humanista de Sélestat: El alma del Renacimiento

Como decíamos, en el corazón de Sélestat, una ciudad alsaciana de cuento, se alza la Biblioteca Humanista, un espacio que respira el espíritu del Renacimiento.
La biblioteca no solo albergaba manuscritos y libros impresos, sino que se convirtió en referencia para grandes pensadores de la época. Entre ellos estaba el promotor de este emprio de cultura, Beatus Rhenanus, que se carteaba frecuentemente con Erasmo de Róterdam y Tomás Moro
Qué ver en la Biblioteca
- La Sala de los Manuscritos: Aquí se conservan más de 400 incunables (libros impresos antes de 1500) y manuscritos medievales, entre ellos obras de Cicerón, Séneca y San Agustín. Destacan las ediciones originales de Erasmo y Moro, así como una Biblia de Gutenberg (una de las primeras impresas en Europa).
- El Gabinete de Curiosidades: Una colección de objetos científicos y artísticos que reflejan la sed de conocimiento del Renacimiento.
- La Sala de Lectura: Un espacio sereno donde los visitantes pueden consultar facsímiles de los textos más importantes de la colección.
Y por si queda alguna duda de lo muy interesante que es la visita, es la propia directora de la Biblioteca Humanista, Chloé Carré, la que nos ilustra:
Sélestat: Una ciudad con encanto
Sélestat no es solo la Biblioteca Humanista. Esta ciudad, con su centro histórico perfectamente conservado, invita a pasear por sus calles recoletas y descubrir rincones llenos de historia. E incluso leer libros libremente, en una pequeña biblioteca callejera al doblar una esquina. Una señal de que la cultura aquí no es impostada.

La vida no está sólo en las estanterías sino que bulle en las calles. El ciervo de madera que preside la plaza tiene su historia, lo mismo que las dos chicas que caminan de la mano. La de la estatua se puede averiguar: fue creada por el escultor alsaciano Jean-Luc Hattemer, artista es conocido por trabajar con materiales naturales y, de hecho cientos de piezas de madera ensambladas imitan el pelaje y la musculatura del animal de una forma casi orgánica.
La historia de esa pareja, joven y feliz, la dejamos para su privacidad.



Más allá, a los piragüistas que se lanzan a las aguas del río Ill les queda poco vínculo con los que surcaban estas aguas para el comercio, en la Edad Media. De entonces proceden las construcciones del barrio del Ladhof, el antiguo puerto fluvial, tan características y tan alsacianas.

¿Qué se vendía? Alguna idea te da saber que pisas el Quartier des Tanneurs un poco más allá, adecuadamente alejado del centro por causa de los olores que el curtido de las pieles traía aparejado. A comienzos del siglo XX desapareció el canal que lo cruzaba por el medio, con lo que ahora sólo nos resta admirar las casas y evocar el pasado, sin nada que ofenda a la pituitaria.
Calles cono la rue des Oies o la rue des Veaux son de los más instagrameable de la ciudad, al igual que la Tour des Sorcières, donde no queda ni rastro de las brujas a las que alude el nombre. Es de lo poco que sigue en pie de la primera muralla… y es imponente.




La que te saldrá al paso con frecuencia es la Tour Neuve, porque con su tamaño no puede esconderse. La original del siglo XIII era mucho menos elevada, para luego ser reformada en varias ocasiones, incluida la provocada en 1891 por un incendio, que la dejó desmochada y a la espera de su actual presencia.
Entre las iglesias de Sant-Georges (gótica con vidrieras espectaculares) y de Sainte-Foy, el cour des Prelats es uno de los rincones más encantadores.
Haut Koenigsbourg: el original castillo que reinventó el original

El trayecto desde Sélestat hasta el castillo de Haut Koenigsbourg es una experiencia en sí misma. Son solo 30 kilómetros (unos 40 minutos en coche), pero el paisaje de viñedos, bosques y pueblos alsacianos hace que el viaje sea inolvidable.
Es posible que sientas la tentación de acercarte a Riquewihr, clasificado como uno de los más bellos de Francia y que parece detenido en el tiempo. Sus casas de entramado de madera, sus bodegas y sus calles llenas de flores son ideales para fotografiarlas o fotografiarte en ellas.
También puedes, sin más rodeos, serpentear colina arriba, entre árboles y más árboles, hasta llegar al castillo, después de haber dejado a mitad de la ladera dos ofertas curiosas: monos berberiscos en libertad y un recinto con águilas. Si vas con críos, tendrás que hacer escala intermedia allí, si o sí.
Cuando llegues al alto, te recomendamos que no apures la suerte y aparques cuando veas una plaza libre a un lado u otro de la carretera de ascenso. Si te pasas de optimista, tendrás que dar una vuelta completa a la montaña y volver a empezar.
Horarios: Abierto todos los días, de 9:30 a 18:00 (en invierno, hasta las 17:00).
Entradas: Se pueden comprar online para evitar colas. Precio: 9€ para adultos, 5€ para niños (6-17 años), gratis para menores de 6.
Accesibilidad: El castillo no es completamente accesible para personas con movilidad reducida debido a sus escaleras y cuestas.
Duración de la visita: Entre 2 y 3 horas (más si se hacen talleres o rutas de senderismo).






El castillo de Haut Koenigsbourg (en alemán, Hohkönigsburg) es una de las fortalezas más impresionantes de Europa. Su historia se remonta al siglo XII, cuando fue construido por la familia Hohenstaufen. Durante siglos, fue testigo de batallas, asedios y cambios de poder hasta que en el siglo XVII quedó en ruinas, tras la Guerra de los Treinta Años.
En 1900, el emperador Guillermo II de Alemania (con Alsacia anexionada al Imperio Alemán tras la derrota de 1871) decidió reconstruirlo como símbolo de su poder. El arquitecto Bodo Ebhardt se encargó de la restauración, combinando elementos medievales con toques románticos. En 1918, perdida la Gran Guerra y abdicado sin remedio, se acabó el sueño del emperador… aunque nos dejó el castillo para disfrutarlo.
Qué ver en el Castillo
El castillo se divide en varias zonas, cada una con su propia historia:
1. El Patio de Armas y la Entrada
- El Puente Levadizo y la Puerta Principal: La entrada al castillo es imponente, con un foso y un puente levadizo que te transportan a la Edad Media.
- El Patio de Armas: Aquí se celebraban torneos y mercados. Hoy, es el punto de partida para explorar el castillo.
2. Las Estancias Reales
- El Salón del Emperador: Decorado con tapices, armaduras y muebles de época, este salón era el corazón político del castillo.
- La Cámara de la Emperatriz: Más íntima, con detalles en madera tallada y una chimenea espectacular.
- La Sala de los Guardias: Con armaduras y armas originales del siglo XVI.
3. Las cocinas y las bodegas
- Las Cocinas Medievales: Un espacio enorme con fogones, hornos y utensilios de la época. Se organizan demostraciones de cocina histórica.
- Las Bodegas: Aquí se almacenaban el vino y los alimentos. Hoy, se pueden ver barricas originales y aprender sobre la importancia del vino en Alsacia.
4. Las Torres y las Vistas
- La Torre de las Brujas: Según la leyenda, aquí se encerraban a las mujeres acusadas de brujería.
- La Torre del Homenaje: Desde su cima, se obtienen vistas panorámicas de la llanura de Alsacia, los Vosgos y, en días claros, los Alpes.
- El Jardín de las Damas: Un espacio tranquilo con plantas medicinales y aromáticas, típico de los jardines medievales.
5. El Museo del Castillo
- Armaduras y Armas: Una colección de armaduras, espadas y ballestas que muestran la evolución de la guerra medieval.
- Maquetas y Reconstrucciones: Para entender cómo era la vida en el castillo en su época de esplendor.
Que no falte el vino de Alsacia en Alsacia
Alsacia no es que tenga vinos… es que tiene muchos vinos!!!
Incluso para los irreductibles que piensan que lo suyo son sólo los tintos y que desprecian los blancos, la conversión en amante apasionado de estos caldos tan amigables y que facilitan tantas amistades duraderas no es sólo posible sino necesaria, a fuer de inevitable.
Tantos vinos hay en Alsacia que los han agrupado en una Ruta oficial con ¡119 etapas!
Se comienza en la frontera norte pegaditos a Alemania, en Wissembourg y lo terminamos en Thann, a la altura de Mulhouse, cerca de Suiza. A lo largo de todo el recorrido los viñedos están flanqueados por castillos por su vertiente occidental, la que da a los Vosgos, la cordillera que tanto influye en el clima de la zona y en el carácter de los caldos. Esta muralla geológica hace que aquí sea uno de los lugares donde menos llueve de toda Francia. Esto, unidoo a la diversidad de tierras y al trabajo de muchas generaciones obra el milagro que disfrutamos, embotellado cada año. Y a buen precio, además.
Para no despistarse, hay que saber que los vinos de Alsace incluyen denominaciones protegidas (Grand Cru, Crémant d’Alsace, Communale et Lieu-Dit y Alsace) más dos menciones que hacen alusiòn a las cosechas tardías y a los «grains nobles»
La sala de degustación del Domaine Gueth es un paraíso para los sentidos. No es preciso probar las 23 especialidades de la casa para comprobar la rica variedad conseguida en las hectáreas propiedad de la familia, ahora con Muriel al frente.
Si algo hay que destacar es que estamos ante vinos veloutés, aterciopelados. Todos, en diverso grado como corresponde a sus cuatro grandes categorías: crémants, tradicionales, «terre natale» ydouceur. Para los más sibaritas, indicar que son esos últimos los que contienen los productos más caros, como un Riesling en edición limitada a un precio de 48 euriis la botella. No es lo general, puesto que los precios están muy afinados para la gran calidad que se ofrece. Así, un Riesling reserva y de cultivo biológico (con un paladar salino de los más agradable) se vende por 12 euros. Por algo más podemos recomendar (porque los henos probado) un Sylvaner de cepas antiguas y bio (dulce) y un Pinot Gris también de viñas antiguas (semiseco).
Para el que llega de España, el Pinot Noir, en cambjio, es prescindible. Y la viticultora asume la crítica sin aspavientos y con una sonrisa.
Con más empeño trabaja el Pinot Noir otro viticultor, Paul Dussourt, en la pequeña localidad de Scherwiller. Aunque aquí no se trata de emular a riojas o riberas sino de alumbrar un crémant rosé que se vende, muy bien, a 14 euros la botella.
Su tatarabuelo ya trabajaba este Domaine Dussort, que tiene sus más reconocidas especialidades en los crémants, como decimos. Ver las minúsculas burbujas que ascienden por la copa tiene algo de hipnótico. Abrir un magnum de brut Riesling es el anticipo de una velada gloriosa (29 euros en bodega). Además, en e momento de preparar este reportaje se comercializaban las selecciones de la «reserve particuliere», que pasan lista a casi todas las uvas del país, incluida esa Gewurztraminer que con tanto cariño y a mucha más altura cultivan desde hace algunos años en Cogolludo, en la Finca Río Negro.
Dos consejos alrededor de unas copas de vino…
Ya en Scherwiller, merece dormir o al menos cenar en en el Logis Hôtel Auberge Ramstein para degustar el buen hacer del chef Lucas Ramstein. Los golosos lo tendrán claro al llegar a postre con su Vacherin meringué glacé a la myrtille des Vosgues.
Del mismo modo, en Guebershwihr es posible dormir totalmente rodeado de viñedos, en el hotel Terra Vinum, que cuenta con spa. Merece la pena recorrer el pueblo y sus callejas para luego cenar en el «Belle Vue», un restaurante de auténtica cocina alsaciana, a cargo en de Thierry Berg y, sobre todo, la inconmensurable amabilidad de Anne en la sala. Escargats en salsa verde, choucroutte 5 viandes y, para rematar tras el postre, un café a la alsaciana te permitirán acostarte con una sonrisa, a la espera del nuevo día.






Colmar y mucho más
La relación de destinos posibles en un viaje, incluso rápido, por Alsacia se podría extender casi hasta el infinito, puesto que los pueblos siempre esconden un rincon delicioso y una sonrida amable. También las ciudades son manejables y propician paisajes urbanos de postal o de cuento de hadas, fieles al más pertinaz de los tópicos… pero muy disfrutables.
Con ese convencimiento, antes de volver a España hay que parar en Colmar, con horas suficientes para paladear lo que te pone al alcance.
En Colmar hay que dejarse caer, si aceptas este buen consejo, por un Musée que, ¡herencia germana obliga!, es el llamado «Unterlinden». Aquí, por el nombre de una plaza y no por un paseo, como sí le ocurre al muy famoso de Berlín.
Este antiguo convento, que lo fue de monjas dominicas, tiene como mayor reclamo el famosísimo retablo de Isenheim, monumental obra de Grünewald, de una crudeza que asombra tanto por la fecha en que se pintó (el año 1516, cuando un joven nacido en Gante y llamado Carlos heredaba un imperio) como por el esfuerzo, cinco siglos después, que hacen los contemporáneos por un entender unas tablas llenas de claves ajenas a nuestro edulcorado tiempo presente.

Si la gran joya del museo se ve sin agobios ni empujones, más tranquilidad se respira incluso por el resto de las salas que circundan el claustro, que por sí solo anima a buscarse un rincón y respirar tranquilo entre las piedras del siglo XIII y el sol de la tarde.





Y con la mochila llena de Historia y de historia aún encontraras mil y un detalles para retenerte, con casas de entramadas o fachadas neoclásicas, souvenirs multiplicados a a enésima expresión o rostros anónimos que merecen una mirada o, tal vez, una foto subrepticia, porque un café tomado con pausa puede ser toda una lección de filosofía o la fuente de una plaza el mejor parque de atracciones para una nube de niños que se funden con el agua.
Aunque aquí sea más difícil ser viajero y esquicvar a los turistas.






Llegados a este punto, se explica sobradamente nuestro propósito inicial: asomarnos a Estraburgo, yendo más allá.
Sugerimos, de corazón, que los interesados se valgan de los muchos consejos que aporta la web de Turismo de Alsacia, una región que no se agota en los lugares comunes ni en los caminos trillados.

