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¿Y si dejamos a Guadalajara sin zona azul?

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No todo es como parece. A diferencia de lo que ocurre con el ruinoso caso de los autobuses urbanos (que es un servicio que el Ayuntamiento presta porque está obligado por ley a hacerlo), la zona azul es voluntaria. Podríamos vivir sin ella.

Lo de forzar a los vecinos a pagar por dejar en la calle el mismo coche por el que ya se paga una tasa anual es algo opcional. Sangrante y opcional. Incluso hay una capital española que carece de zona azul desde hace años y no se ha hundido en las profundidades del Averno.

En Lugo, que si tiene muralla romana es porque un obispo no logró derribarla ni con la ayuda de Dios, llevan desde julio de 2015 sin estacionamiento regulado en superficie. Y desde 2022, sin ni siquiera parquímetros. Las rayas azules que aún no se han desvanecido son solo el recuerdo de la incapacidad municipal para renovar la ordenanza correspondiente. Y nadie llora. Nin choran, que dicen por allí.

El fondo de aquella decisión estuvo en una batalla judicial, sentencia mediante, que anuló la adjudicación del servicio, siempre polémico.

No parece que en Guadalajara vayamos a desembocar en una situación semejante, tomando Lugo como referencia.

Lejos del Miño y a orillas del Henares, los políticos de turno suelen estar más a no complicarse la vida con las contratas que a cuestionárselas de raíz. Demasiado trabajo para tan incierto resultado.

En consecuencia, esos responsables trashumantes que renuevan en las urnas intentan llevarse bien con esta o aquella empresa, buscando que el negocio privado se pueda justificar sin poner a prueba (o al menos demasiado a prueba) los controles municipales, esos que todavía quedan a pesar de tantas zancadillas que son tradición por los pasillos de las Casas Consistoriales.

La paz reinará este viernes porque es Santa Rita y los funcionarios se van de puente. El crujir de dientes y los resoplidos volverán el lunes, a la espera de nuevas exigencias y de lo que vaya aconteciendo. Porque los asuntos municipales son el rayo que no cesa sin poeta que los escriba. Así, en 2027, el 22 de mayo llegará con una nueva Corporación y viejos asuntos sobrevolando, como el del contencioso por la municipalización del servicio de grúa, por ejemplo, que anuncia renovadas polémicas a no mucho tardar, puede que antes de las elecciones, para enturbiar todo un poco más.

Dicho lo cual, lo que pueda pasar con la zona azul de Guadalajara se ajustará bastante a lo que ya ha acordado el Ayuntamiento con Telpark y que no conocemos en detalle, todavía. ¿Se alargará el plazo de la concesión? ¿Bajará el canon anual medio millonario que habían acordado? Se hará, nadie lo dude, lo necesario para que las tablas de Excel no chirríen con menos plazas de aparcamiento pintado de azul y rojo desde las que sajar al personal.

Por de pronto, lo que queda con todo esto es una sensación de tan gran chapuza en la gestión municipal que asusta. Un ejemplo más y no una excepción, todo sea dicho, pues no viene de ahora la costumbre de sonrojar al personal sino de todo este mandato, sucesor a su vez de la horripilante experiencia de Alberto Rojo et alii desbordados por pandemias, filomenas e ineptitudes varias.

Desde hace demasiado tiempo (¿recuerdan las rotondas del infausto Zapatero y el Plan E?) todo parece girar sobre la obsesión de gastarse en tontás los fondos europeos para hacer que algo se hace. Y en justificar lo que no se hace en las restricciones, no siempre tan reales como pregonadas, que dicen llegadas desde Bruselas.

El que lo dude, que se pase y vea el más reciente carril bici de esta capital y luego nos cuenta qué le parece. Un horror. Un despilfarro.

De entre toda la Humanidad, a los vecinos de esta Muy Noble, Muy Leal y Muy Chapucera Ciudad de Guadalajara no nos queda otra que seguir asistiendo desde platea a un espectáculo por el que pagamos sin remedio.

Al menos, no esperen que aplaudamos.

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