Augusto González Pradillo.

Francisco Javier Irízar Ortega, más conocido hace décadas como «el chico de don Mauro», es un joven alcarreño de 72 años al que los pipiolos de ahora no conocen y al que algunos más talluditos se empeñan en desconocer.

A diferencia de otros que le siguieron, el que fuera primer alcalde democráticamente elegido en Guadalajara desde la Guerra Civil consiguió, a partir de 1979, que la capital de la provincia cambiase a ojos vistas en unos años intensos. Y que lo hiciera, además, para mejor y hasta más allá de sus límites, en lo que hoy es Aguas Vivas. Después de él, la norma fue ir al trantrán salvo cuando Bris se convenció de que intervenir sobre el Barranco del Alamín podía acabar con una herida milenaria de la ciudad, como en buena medida consiguió. Otros tuvieron tiempo para hacer méritos y no les sirvió para tanto.

Lo de ser alcalde se le terminó a Irízar hace 30 años. Ahora le han nombrado presidente. No del Gobierno de España, ni de Castilla-La Mancha, ni de la Diputación, ni siquiera de una comunidad de vecinos, porque no es el caso. 

Según ha podido saber este que les escribe, en la mañana del 9 de septiembre le han elegido presidente, al poco de jurar como consejero, de eso tan importante pero tan evanescente como es el Consejo Consultivo de Castilla-La Mancha: llevan más de doscientos dictámenes este año y ninguno ha tenido resonancia pública, a pesar de la relevancia del órgano.

En cualquier caso, tiene 5 años por delante el astuto Irízar para saber qué hacer con el cargo sin que le resulte demasiada carga. A su edad, algunos llevarían ya dos décadas prejubilados mientras que muchos otros se han pasado toda la vida tocándose el espíritu y la lira, mantenidos con un sueldo público por méritos ignotos.

A Irízar se le conoce por lo que hizo y ahora se le reconoce, ya veremos si también por lo que pueda hacer, en una mañana toledana.

Visto desde Guadalajara y con el paso de los años como testigo, hay que darle el mérito de haber sobrevivido siempre sin perder la compostura, lo cual ya es algo casi imposible de hallar en estos tiempos.

Además, fue un buen alcalde con el que siempre discreparé sobre la pertinencia de establecer los encierros en Guadalajara como si esto fuera Horche, algo que él hizo y que muchos miles le han aplaudido desde entonces. Falló en su intento de evitar que esta Guadalajara, suya y nuestra, se convirtiera en una ciudad dormitorio, que es en lo que ha terminado cayendo a mayor gloria de los empresarios del ladrillo a los que tan bien conoció Irízar… tanto, tanto, que terminó siendo uno de ellos.

Pero el poso del tiempo no es amargo si se compara la ilusión de antaño con la caraja de hogaño. En aquella Guadalajara había ganas de hacer, de vivir y de cambiar mientras que en la de hoy sobran desganados. Algunos, lamentablemente, con despacho y sin prisas por abandonarlo.

A Irízar lo han nombrado presidente. Lo hará bien, si le dejan hacerlo.

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