
Texto y fotos: Augusto González Pradillo
Si dices Giger, lo más fácil es que quien te escucha entienda Geiger. Un error a partir de una ignorancia porque en este reportaje no hay riesgo nuclear. La solución te la damos más adelante.
Para ir desbrozando el camino, y mucho antes de llegar al monstruo que asustó al mundo desde la barriga de Sigourney Weaver, habremos de aterrizar en Zurich.
Justo antes de posarse, el avión pasa por encima de una central nuclear en un paisaje lleno de cultivos, entre bosques. Suiza se presenta, desde antes de pisarlo, como un país de contrastes, muy lejos del tópico del monocultivo de relojes de cuco que sentenciaba, desde Viena, «El tercer hombre» con rostro de Orson Wells. Hay mucho de todo y casi todo, bastante bueno.
Del aeropuerto se sale rápidamente, sin pasar controles y sin ni siquiera pisar la calle para tomar nuestro camino hacia Fribourg.
Transporte público, para todos los públicos
Es importante saber, y recordarlo siempre que se pueda, que Suiza es un país que bien merece ser visitado sin coche. No es necesario aferrarse al volante y a Google Maps, porque la red de transporte publico es fiable, puntual y cómoda.
Trazar la ruta solo requiere descargarse una app, de uso muy sencillo. Y comprarse el Swiss Travel Pass. que nos franquea las puertas de trenes y autobuses sin límite por los días contratados.



Friburgo y sus razones
¿Por qué Friburgo? Porque nos pilla de paso a nuestro destino final y porque nos permite despejar un equívoco frecuente: el Friburgo que pierde finales de fútbol con el Arsenal está en Alemania; el que nos interesa, es capital del cantón suizo al que da nombre.
Las dos friburgos nacieron como «ciudades libres», con la misma familia fundadora, los Zähringen, padre e hijo, en el siglo XII. En el XXI, según qué calles transites, se mantiene el espíritu medieval de aquel tiempo.
Al bajarte de la estación, que está en el centro, tus primeros pasos hacia la parte antigua de la ciudad pararán en cuanto veas la torre de San Nicolás. Es omnipresente, desde donde mires. Te detendrás a menudo, ante lo imponente de su silueta.









Lo rotundo de su planta y de su alzado tiene una consecuencia lógica: subir hasta arriba es una tentación… y un esfuerzo. Los 6 francos de la entrada no son el mayor obstáculo, sino los 365 escalones de la escalera de caracol que te llevan hasta arriba. Uno por cada día del año para hacer de esta jornada toda una efeméride, para ti y tus piernas.
La satisfacción de haber triunfado en el reto acrecienta, incluso, el placer por las buenas vistas. Además, unos letreros muy didácticos te van explicando todo alrededor lo que se divisa, que es mucho y que es lo mismo que te cuentan, en detalle, desde la Oficina de Turismo.




La bajada por la misma escalera, ahora más descansada pero no menos laboriosa, nos deja a la puerta de la catedral. Su pórtico está reluciente. Demasiado. En el interior, quizá haya quien se entretenga en desvelar el mecanismo de la pila bautismal, un artilugio con polea.
• Santo colega de los juntaletras
A este paseante le ha gustado más rendir honores a San Pedro Canisio, cuyas reliquias descansan aquí, en una discreta capilla, desde 2021. Fraternidad de colega a colega, escritores ambos, si se me permite la confianza.
San Pedro Canisio fue un teólogo y escritor jesuita, en los tiempos de la Contrarreforma. Sus restos fueron trasladados desde el Colegio San Miguel a la catedral. Dos artistas friburgueses, Frédéric Aeby y Marc-Laurent Naef, asumieron el encargo de hacer un relicario moderno y clásico a un tiempo, con su pluma en recuerdo de la prolífica obra de Canisio. Me gusta más, por evocador, que la escultura que nos saluda, pretendidamente solemne, desde el arco de una puerta, en la calle.
Por esos azares, luego terminarás encontrando habitación en el Domaine Notre Dame de la Route, alejado de la ciudad y construido en 1959 para servir como noviciado de la misma Compañía de Jesús. Ahora es hotel, abierto a quien busque comodidad y tranquilidad a un precio razonable.
Friburgo, ciudad libre de hombres libres, recibe a sus visitantes sobre todo alrededor de esta catedral. Pero aquí está también el Ayuntamiento y, sobre todo, un surtido repertorio de bares y de buenas terrazas en las que tomar cervezas de aquí o de allá.
• Una ciudad amurallada de piedra y farallón
Por si la envidia de otros se transformaba en guerra o asedio, los friburgueses bien pronto trazaron, va para mil años, un sistema defensivo que incluye el río Sarine y su imponente farallón, que por sí solo les ahorró bastantes metros de muralla y hoy nos regala un espectacular paisaje urbano, como abrazando en piedra la ciudad.
El agua que hacía de amplio foso defensivo también les dio vida, gracias a las innumerables fuentes. Una docena de ellas, muy artísticas, permanecen firmes y bien plantadas, como comprobaremos en nuestro caminar por la ciudad medieval.
Durante siglos, el negocio de los curtidos dio dinero a la élite católica (francófona) y trabajo a los obreros (protestantes de habla alemana). La ciudad sigue siendo bilingüe y en la misma desproporcionada proporción de antaño.
Las dos comunidades lingüísticas pasaron tiempos duros juntas, como los del inicio del siglo XIX, cuando 256 familias aceptaron emigrar a Brasil y fundaron Nova Frigurgo en 1820. Una placa, al alcance del viajero atento, lo recuerda.
Los tanneurs, como en toda Europa, también aquí terminaron por desaparecer y del olor de su oficio no queda más que el intenso aroma que acompaña al funicular que te lleva hasta la parte baja: está movido por un sistema hidroneumático… alimentado con aguas residuales. La nariz no engaña.
Andar sin rumbo te descubre Friburgo
Serpentear por las calles de la ciudad baja es una agradable experiencia, lo mismo que hacerte el encontradizo con este o aquel puente o subir hasta la Plaza de los Agustinos y charlar un rato con vecinos que te saludan, amistosos, junto a una maravillosa puerta de marquetería que no figura en las guías ni en Instagram. Dejémoslo así, como un secreto entre nosotros:
A partir de aquí, errar no es sinónimo de equivocarse sino de vagar sin rumbo.
Ya que en este Friburgo se habla francés, seamos flâneurs, sin prisa y sin cargo de conciencia.
• A ese ritmo, tendrás tiempo de desayunar con un pain cuchaule, una brioche enriquecida con azafrán de la zona.
• Descansarás el cuerpo y la vista ante un río donde se bañan las familias en plena ola de calor y en el que un niño se aísla ensimismado.
• Pasarás por puentes como el de Berna, firme desde el siglo XII, a prueba del paso de las centurias, los coches y los turistas.




Y si algún lector que siga este camino se pregunta por los colores de muchas de las contraventanas (el blanco y el negro) habremos de contar su historia; quizá falsa, pero divertida, a partir de un mural que te encuentras en L’Aigle Noir…
• Historia de una bandera
Bertoldo IV, fundador de la ciudad, pidió un jergón donde dormir y no lo había. Para reposar el cuerpo no le encontraron nada mejor que un saco de harina y otro de carbón sobre los que intentar conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, después de tanto moverse y removerse, amaneció con la ropa manchada de blanco y negro, por la harina y el carbón.
De ahí a convertirlo en bandera ya sólo hubo un paso.

• Consejos para comer y beber •
El almuerzo se sirve entre las 12 y las 14:00, y la cena entre las 18:00 y las 21:00. Las cocinas suelen cerrar a las 21:30. Son posibles periodos más largos en Zúrich, Ginebra y Basilea. Muchos restaurantes cierran los domingos o lunes.

Los platos principales cuestan entre 20 y 40 francos, más en restaurantes exclusivos. El menú lo encuentras entre 18–30 francos. Las bebidas se pagan aparte (vino desde 8, agua desde 4). Al mediodía suele ser más económico gracias a los menús diarios.
El servicio está incluido en el precio: la propina no es obligatoria. Es común redondear al alza o un 5-10 por ciento del importe de la factura en caso de buen servicio. Al pagar la tarjeta, simplemente indica la cantidad total.
Sí, el agua del grifo en Suiza es de excelente calidad y segura para beber. Puedes pedirlo directamente en el restaurante, pero tienes que esperar que en algunos restaurantes esté sujeto a una tarifa.
Murten, en florido alemán
Más allá de la capital, tiene este cantón de Friburgo media docena de lagos, lo que supone la quinta parte de todos los del país.
A tiro de piedra de la ciudad de Friburgo está Murten, pueblo que fue siempre una isla protestante y germanoparlante. Isla en lo de idioma y marinera, de agua dulce, en el Mutensee…




Guarda la villa un encanto medieval que se agradece, con una calle principal asoportalada, asoportaladas galerías de madera para asomarse y estrechas callejas tras las puertas que sólo los vecinos conocen.


Las abren, uno diría que sigilosos, para llegar a sus casas. El viajero, metido a explorador, aún se pregunta de quién es la bicicleta que espera en una de esas calles secretas, ahogada entra la vegetación, que alguien la rescate.
En Murten, por cierto, hay banderas que no representan países ni religiones pero sí una batalla de hace 550 años: son obra de los chavales de los colegios locales y es el recordatorio colgante de que acaba de celebrarse una fiesta local, de mucho ringorrango, a la que no has llegado por muy poco. A ver si va a resultar que los suizos no son tan serios como parecen…




Murten es su lago, que también comunica con Pratz, justo enfrente. Allí lo que se desparrama colina arriba no es la historia sino los viñedos en espaldera hasta donde alcanza la vista. Y entre algunos, rosas rojas y blancas, mientras que el cielo lo surcan bandadas sin fin de aves migratorias. Estamos en la región del Vully, quizá la más pequeña de entre las que en Suiza tienen protección administrativa para sus caldos.
Es esta una ruta circular, cómoda, de pocos kilómetros y con dos paradas reconfortantes por distintos motivos: las cuevas Lamberta (que fueron horadadas con fines militares en la I Guerra Mundial y en las que ahora nunca falta chavalería que juegue al escondite) y el Restaurant Le Mont-Vully, que hace honor a su nombre y te sirve al mismo tiempo una comida excelente, un trato cordial, buenos vinos y unas vistas inenarrables. Es este ya el municipio de Môtier, ribereño y vinícola también.
Aquí, a la sombra de la terraza, el viajero vuelve a ver el lago, del que aseguran proceden las percas que te presentan, fileteadas y bien ordenadas, en el plato. Son una delicia para el paladar. En otros locales de la región este pescado procede de Eslovenia. Creamos a nuestro anfitrión, siempre.
De lo que no hay duda es de la calidad del vino blanco que acompaña perfectamente la comida, resultado del buen hacer de los viticultores de los contornos.





Gruyères… queso sin agujeros rodeado de sorpresas
Llevado por la puntual red de trenes suiza, a este paseante viajero no le ha parecido mala opción desviarse hasta Broc-Chocolaterie, siquiera por el sonoro nombre.
Al llegar, nos recibe una estación como de cuento, aunque el motivo esencial está unos metros más allá, en la fábrica originaria del chocolate con leche suizo, cuya producción comenzó en 1898. Hablamos de la Maison Cailler, idolatrada por los suizos y más que ignorada por los españoles, lo que nos pone a cada uno en nuestro lugar respecto a la sabiduría chocolatera. Ya barruntabas tus ignorancias en Friburgo, cuando curioseaste en el local del portugués Jorge Cardoso, donde se funden la variedad y la sapiencia bajo forma y sabor de chocolate a un nivel difícil de encontrar. Es uno de los mejores de todo el país.


En Broc, el edificio de Cailler, el fabricante más antiguo de chocolate suizo, se ha reciclado para acoger un didáctico museo interactivo (17 francos suizos la entrada de adulto), en el que Hernán Cortés no queda demasiado mal, para lo que cabía esperar.





Las familias no tienen prisa por abandonar la surtida tienda que marca el final del recorrido, llena de chocolates de las más insospechadas variedades, pero a tiro de tren y de autobús espera Gruyères, que de antemano uno sólo relaciona con el queso y que será parada, fonda y remanso para la imaginación.
• Aquí hay aliens…
Unos metros más arriba del aparcamiento de Gruyères y de tu hotel, con la entrada vedada al tráfico rodado, se extiende el pueblo, con un rigor que se diría más calvinista que católico: una sola calle que comienza donde estás y termina en el castillo. Y el caso es que no necesita nada más para resultar ser un caserío encantador.








Al pie del castillo está la iglesia, con su cementerio. Un grupo de influencers (españoles por más señas) se graban azuzados por los cientos de abejas que liban entre las ramas de un enorme árbol. Se irán pronto, sin víctimas aparentes. Los que se quedan, tan tranquilos, son los que disfrutan del descanso eterno; dos de las sepulturas están cubiertas por sendas plantas de lavanda. Al lado del camposanto, un viñedo. Unos metros por encima, un aprisco con ovejas.
Sobrevolando todo esto, en lo que fue casa solariega, el Museo Giger hace honor a la obra del creador de la imagen de Alien. La obra del artista suizo aquí recogida es amplísima, intensamente sexual en muchos casos, irreverente cuando no enloquecida y de una calidad técnica que no siempre ha envejecido bien a los ojos contemporáneos: el aerógrafo ya no es lo que era.
Es una visita obligada. Al menos, mucho más obligada y justificada que andar buscando la tumba del genio, como hacen los más fetichistas y los devotos… del selfie.
Para preservar los derechos de autor de la colección, nos abstendremos de publicar las decenas de fotos que han quedado guardadas en el smartphone. Quien lo quiera ver, que pague los 12,50 francos de la entrada.
Como opción alternativa, enfrente del museo está el bar, alucinante y alucinado como el propio arte de Giger. Es, en sí mismo, un espectáculo tan gratificante como contemplar a la camarera.
Un buen colofón para la jornada puede ser cenar en Le Chalet de Gruyères, como preludio de una noche con vistas en el Hotel de Gruyéres. No se llaman igual por falta de imaginación de los lugareños a la hora de bautizar sus negocios sino porque pertenecen a la misma empresa.
Tras dormir apaciblemente, haga una prueba: deje que le despierte la primera claridad del día, asome por la ventana vestido o desnudo (sólo le verán los venados que crían en un cercado cercano) y plántese con la necesaria solemnidad en posición de firmes ante el Dent du Broc, la cúspide por la que asoma el sol del amanecer.
Es un espectáculo glorioso del que el lector será, al mismo tiempo, testigo y protagonista.
• ¿Pero es que aquí, en Gruyères, no hay queso?
Despejemos dudas: hay queso. Y excelente.
Lo hay en las fondues, obviamente, pero para conocerlo más a fondo hay que acercarse a las montañas. Es el de Gruyéres desde 2025 y hasta nueva orden el mejor queso del mundo y, contrariamente, al tópico y al refranero, no tiene agujeros.
Lo más didáctico es pasarse por alguna de las granjas que hacen demostraciones en vivo para tener una idea precisa del procedimiento artesanal que se mantiene en la elaboración del queso.




• Vacas, cencerros… y montañas
Como epílogo de la jornada, para ayudar al viajero a decidir si seguir aquí o buscar otros horizontes, un teleférico te lleva en una par de minutos hasta la alturas del Moléson.
Si es invierno, asciendes entre esquíes. En verano, rodeado de senderistas. En cualquier caso, el desenlace es igual de impresionante: una vistas memorables de los pre-Alpes suizos.
Estamos cerca del cielo, aunque aferrados a la tierra bastante más que esos practicantes de parapente que hacen piruetas por aquí y por allá mientras los miras, embobado.
Andando alguno de los caminos cercanos no estás solo pero hay silencio, sin obstáculos para oír con claridad la música de los cencerros.
Las vacas te están esperando en uno de los prados de esta montaña, con la paciencia de un sabio zen o el estoicismo de Marco Aurelio.
Y sí, es verdad que en Suiza a lo de subir el ganado a las cotas más altas en busca de hierba fresca se le conoce como La Poya (el lector es libre en este momento de sonreír), del mismo modo que la bajada es el desalpe y somete a las vacas a un recorrido por el medio de la carretera cargadas de flores, grandes cencerros y sombreros que no parece les cause problemas psicológicos insuperables.
A las vacas de este cantón de Friburgo, al pie del Moléson, se las ve felices. Su trashumancia es más contenida que la de uno mismo, viajero satisfecho de haber encontrado en esta tierra un paraíso inesperado que está esperando al lector, si nos cree y se anima a disfrutarlo.
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• Más información sobre Friburgo:
- Oficina de Turismo de Friburgo
- El cantón de Friburgo, en detalle
- Sobre el vino de Vully
- Gastronomía alrededor del Lago de Murten























