Cualquier filósofo daría media vida por poder saber qué piensa ese perro, ensimismado en la galería de la casa de su dueño. El amo del bichón no lo sabe tampoco, pero lo intuye.

Desde hace semanas, el animal duerme mucho más de lo que era habitual. Se arrebuja en su cojín, bajo su manta, y se envuelve en sus sueños. Con los ojos cerrados no hay más mundo que el que corre al galope por su cerebro y eso, parece, le gusta como alternativa a lo que tiene para moverse y distraerse en ese pequeño piso de una pequeña ciudad.

El perro filósofo, ensimismado en sus pensamientos, mirando la calle. (Foto: N. González)

Pero de vez en cuando le puede la llamada de la realidad y se asoma para contemplarla.

En los días previos al cambio de hora se diría que intuía cuándo llegaba el momento de saludar a los policías con sus sirenas, siempre puntuales, a las ocho de la tarde. Lo de adelantar la hora también le ha descabalado, como a los humanos. Pero no se pierde ni una sola de esas ceremonias de aplausos y emociones. Él, claro, sin chocar las manos ni las patas.

Ahora mira a la calle, con la infinita tranquilidad de la que solo es capaz un bichón maltés que sea tranquilo. Este, lo es. Y con su estar sin desesperarse no necesita palabras para enseñar a los que le ven cuál es el camino de la sabiduría: aprovechar lo que tienes, sin desesperarte por lo que te falta. Incluso cuando lo que necesitas de verdad es que el amo no se haga más el remolón y te baje para orinar farolas, aprisa, corriendo, con la correa tirante y la pata en alto.

Ese perro es un filósofo. Cuántos no darían media vida por saber de verdad en qué piensa cuando parece que medita, mirando la calle. La felicidad puede estar escondida en sus silencios.

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