Juan Ortega, a punto de iniciar el paseíllo en Las Ventas.
Juan Ortega, a punto de iniciar el paseíllo en Las Ventas.

Juan Ortega Pardo es un orgullo para cientos de sus paisanos del Señorío de Molina, pues aunque nacido y criado en Andalucía, sus vínculos con Checa y toda la comarca no sólo han permanecido firmes, sino que se han acrecentado desde que apuntaba como becerrista hasta hoy.

El punto más culminante hasta ahora en su trayectoria fue la faena a un toro de Valdefresno el día de la Virgen de la Paloma, en Madrid. Aquel 15 de agosto de 2018 en Las Ventas fue un no parar de restregarse los ojos para muchos aficionados del Foro, ante la elegancia, sobriedad, aplomo, variedad y clasicismo que destilaba la franela de Juan Ortega, torero por vocación y por arte.

Ante el periodista, este joven impone su madurez, del mismo modo que su trayectoria rompe moldes y aleja definitivamente al torero contemporáneo del iletrado de otras épocas. Ortega, con su carrera universitaria en el hatillo donde otros llevaban el mendrugo y las ilusiones, destila sus reflexiones como suaves latigazos de sentido común de pura transparencia:

"Casi sin darme cuenta me encuentro de nuevo a las puertas de Madrid… ¡Me da miedo lo rápido que pasa el tiempo!", reconoce con una sinceridad que pasma para un hombre que aún no ha llegado a la treintena.

"Cuando me dijeron el cartel del Domingo de Resurrección, me gustó. Me puse en el papel del aficionado que es el que suelo adoptar siempre que pretendo razonar algo y me sentó muy bien", apunta el diestro, para quien los acartelados este 21 de abril en la capital de España son "tres toreros con personalidad, con buenas actuaciones en Madrid y con una de las ganaderías triunfadoras del año pasado". De hecho, tras el desastre ganadero de los "vitorinos" el Domingo de Ramos, las esperanzas están puestas en la ganadería de El Torero, que pasa por ser la mayor y más intensa reserva de bravura del ya casi universal encaste Domecq.

Recordando lo que ocurrió el pasado verano, durante la canícula, y aquello que se escribió en LA CRÓNICA, a Juan Ortega se le escapa una humildad que no parece impostada: "Si te soy sincero, no pensaba que iba a caer tan bien, que iba a hacerle algo de sombra al mítico Domingo de Resurrección sevillano y que iba a despertar tanta ilusión entre los aficionados. Es bonito todo lo que se está generando".

Lo más sorpredente es que, por encima y por debajo de todo, lo que se ve en el día a día del joven matador es el mismo aplomo con el que luego anda sobre el ruedo. "En todo este tiempo he aprendido a valorar estas tardes y estas plazas, he aprendido a respetar las exigencias de su público y eso hace que me sienta mejor", sentencia.

Han sido meses estos últimos de pausada espera. "En cuanto a mi preparación, todo ha ido poco a poco. No es fácil sentir los vuelos de los chismes y sobre todo que vayan acompasados al ritmo del animal. Para mí una de las cosas más bonitas es la armonía, muy ligada a la naturalidad, pero muy difícil de conseguir cuando tienes delante un toro que te quiere quitar del medio. Hay que tener paciencia para ir asimilando estas cosas".

Estas "cosas" son el triunfo de ayer, quizá también el de este domingo… o puede que todo lo contrario, con David Galván y Pablo Aguado como testigos y rivales, ante los miles de espectadores que se darán cita en el coso venteño. La suerte que Dios reparte empezó a prepararse en el otoño y en el invierno. Ahora sólo queda esperar a lo que asome por la puerta de toriles y a todo cuanto ocurra hasta que se abra la del desolladero y, ojalá, ¡por qué no!, la Puerta Grande.

A las seis de la tarde suenan los clarines.