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8 mayo 2024
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La Corrida de Primavera de Brihuega es un gran invento, entre pellizcos y calambres

Los toros en Brihuega son un buen invento, entre pellizcos, calambres y 8.000 espectadores abarrotando plaza y pueblo. Si esto fuera así más a menudo, la Alcarria no sería la Alcarria, sería Jolivú...

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La Corrida de Primavera de Brihuega es un gran invento. Cuando antes se comprenda la gran verdad de este festejo, mejor para el lector y para el cronista. Si te acercas al Jardín de la Alcarria junto a algún neófito, aprendes a través de sus ojos que todo empieza mucho antes del toque de clarines… más aún en esta plaza, donde el paseíllo se inicia por costumbre con retraso.

Iba a saltar a la arena el cuarto de la tarde y aún había espectadores serpenteando tendido arriba. Será porque tiran mucho la calles de Brihuega, no por empinadas (que también) sino por la mucha marcha de sus bares y pubs, a todo tren y a todo volumen, abarrotados de clientes.

Brihuega es un pueblo bellísimo que asombra al que llega de nuevas en un día como este, tanto por su continente como por su contenido. Así lo proclamaba el murciano que había comprado en taquilla una barrera a 125 euros del ala y estaba tan feliz que no callaba. O la bandada de franceses, cuatro matrimonios bien avenidos, desplazados hasta aquí para la ocasión, satisfechos antes y después de abandonar «La Muralla». O el abuelo y su señora llegados desde Guadalajara, para disfrutar de su buena vejez y del espectáculo.

En Brihuega, un 6 de abril de 2024 el camarero se te abraza como un amigo del alma cuando le dices que te llevas la consumición hasta la mesa de la terraza, porque tú entiendes que están desbordados, como cada año, entre tanta gente feliz y ansiosa por pasarlo bien. Después de tantas guerras que han pasado por aquí en los últimos siglos, tan bulliciosa convivencia es un regalo sobre el que apenas reflexionamos.

Y esta vez, en habiendo boda en Madrid, faltaron los famosos de plantilla. Andaba Rappel oteando el futuro desde su barrera del 9, como si fuera necesario pasar por adivino para saber de antemano que caerían orejas. A prudente distancia, Alberto Rojo se reconfortaba saludando a medio tendido, junto a un más comedido José Luis Escudero y un satisfecho alcalde brihuego. A su vera, en inusual convivencia, una buena representación del PP de la capital (Esteban, Alguacil, López Pomeda…) mientras que el inquieto Eduardo Díaz Pérez se dejaba ver al sol, que calentaba pero no deslumbraba, por esas cosas de la calima.

Y de la corrida, ¿qué?

Cuando se trata de Brihuega, eso siempre viene después, aun siendo lo más relevante.

A modo de resumen, y por explicar el titular, cabría recordar que no es lo mismo el toreo de pellizco, tan sevillano y que a tantos atrapa como el toreo de calambre que algunos repudian pero que a la gran mayoría, impacta. El primero lo apuntó en todo momento Morante; el segundo lo derrochó, sobre todo en el tercero, Roca Rey. Entre medias, Manzanares toreó, lo cual no es poca cosa mientras esperamos a que vuelva a matar como solía.

Había dudas sobre el ánimo con el que llegaría el de la Puebla a su cita alcarreña. El rostro que mostraba en el burladero, aún con la montera calada, tampoco apuntaba para bien. Y sin embargo, las dos faenas vinieron a ser una especie de reafirmación introspectiva del diestro para sí mismo con público presente. Anduvo en torero, desparramó esencias con la franela y el percal como sólo él sabe hacer e incluso mató con una suficiencia muy ilustrativa de la confianza que se tiene. En su segundo, por ejemplo, esperó una eternidad a que su oponente mostrará el hoyo de las agujas una vez puesta la muleta en los morros, un tiempo casi tan detenido como el de alguno de sus naturales. La oreja cobrada al primero y la sonrisa con la que paseó el trofeo por el anillo fueron también un premio para el buen aficionado.

El cuarto de la tarde resultó insoportablemente blando. Tanto, que recibió palmas de tango en banderillas. Hasta tres molinetes de Joselito El Gallo enjaretó Morante para acomodar al menguado astado para un bella serie por naturales. Fue lo mejor, o casi, porque tal vez aún más hermosa fue la ovación que se le dedicó cuando saludó desde el tercio. La afición lo quiere porque sabe que lo necesita.

A los compañeros de terna les dio esta vez por vestirse de azabache, como si fueran rehileteros, dejando a Morante como el de mejor facha de los tres. Otro hallazgo más de la tarde en Brihuega.

A José María Manzanares le miran las mujeres con desmayo y con desmayo llegó a torear al primero de su lote, que se movía al trote a que obliga la falta de casta y la escasez de fuerza, al igual que alguno de sus hermanos (cuarto y sexto, sobre todo). Un gran pase de pecho en la primera tanda con la muleta en la izquierda subió el nivel de una faena más hecha con compás y transportador que con un escuadra y cartabón: la curva amplia y la bisectriz eterna ayudan a no manchar taleguillas en la tauromaquia del siglo XXI, que propicia ovaciones con sólo ligar los pases gracias a la nobleza del contrario. Eso es lo que se vio.

El toro se fue con un oreja de menos al desolladero y entre la ovación de muchos espectadores, que identificaron como signo de bravura la muerte lenta del animal.

Manzanares demostró su capacidad para coger al vuelo el galló lanzado por un espectador, tras la faena. Y Roca Rey, casi media hora después, acreditó en la misma circunstancia que le impone más una gallinácea, y sus posibles picotazos, que un toro y sus derrotes. Que aquí no los hubo.

En su segundo toro, las verónicas de Manzanares cuando la buena banda de música se arrancaba por el «Parapachumba» presagiaba una faena de altos vuelos que no terminó de cuajar. Intentó por naturales, perdiéndole pasos, pero por donde más cuajó fue con la ligazón de los derechazos de precepto, por largos y templados. Un par de buenos naturales quedaron anotados en la libreta y en la memoria, al igual que sus apuros en un pase de pecho, el bajonazo aplicado, el posterior pinchazo, la imposibilidad de descabellar al toro errabundo y herrumbroso. Lo más digno del arrastre fue ver al más joven de los mulilleros, corriendo como una liebre, bien ganado el jornal.

Lo principal lo había hecho Roca cuando ya se llevaba más de una hora a plaza llena. El que hacía tercero subió en algo el trapío del encierro y el voltaje de la tarde, por obra gracia del diestro peruano. Aquello fue una sucesión inmediata de entusiasmos ya con el capote, por la variedad y sucesión sin tregua de chicuelinas, gaoneras y lo que cuadrara.

Quien critique al actual número uno del escalafón debiera leerle antes la cartilla a todo el público que asiste a las corridas en España, Francia y en lo que queda de la América taurina. Roca, este sábado, toreó al natural: nadie dio muestras de darse por enterado. En cambio, todo su repertorio de arrimones postreros y alardes continuados durante el último tercio, de rodillas o ya en pie, enardecieron al personal. Dos orejas al esportón. Orejas de ley. La ley del mercado.

Y faltaba Roca con el sexto, por ver si remataba una tarde que suavemente se iba oscureciendo, como el propio cielo. Ni con los focos encendidos cambió la tendencia que habían marcado las dos faenas precedentes de Morante y Manzanares.

Si en toda la tarde los picadores poco justificaron su presencia, al que cerraba plaza ni siquiera se le picó: entró al caballo al relance ante la falta de atención del diestro, salió disparado, se pidió el cambio de tercio y el presidente, muy cortés, lo concedió. Tampoco hubo tumultos en los tendidos ni camisas desgarradas como protesta.

A partir de ahí, los alardes entre los pitones fueron tantos y tan desmedidos que habrían incomodado incluso a Paco Ojeda, que lo inventó. Una media estocada bien agarrada, seguida de un primer pinchazo con el descabello enfrió los ánimos y encaminó al respetable hacia la salida. Felices y contentos en su mayoría, incluso los que comunicaban por teléfono al amigo de Madrid que los toros no habían valido una m… mientras con la otra mano asía en equilibrio inestable, como él mismo, cigarrillo y cubata.

Los toros en Brihuega son un buen invento, entre pellizcos, calambres y 8.000 espectadores abarrotando plaza y pueblo. Si esto fuera así más a menudo, la Alcarria no sería la Alcarria, sería Jolivú


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