Juan Ortega, toreando de capa en Madrid.
Juan Ortega, toreando de capa en Madrid.

La sangre molinesa está hecha al frío estepario del Señorío. Por las venas de Juan Ortega es lo que corre, por sus orígenes familiares en Checa. La mezcla con la nacencia sevillana y la educación taurina cordobesa dio este domingo de escalofríos la combinación perfecta para que la plaza de Las Ventas rugiera en olés hondos, respuesta cabal a la seda de unas verónicas de las que quedan en la retina para siempre, porque se graban en el alma. 

Los que viven la vida al peso no podrán entender nunca que se pueda salir satisfecho de una plaza de toros después de no haber visto pasear ningún trofeo por parte de ninguno de los tres matadores. En este Domingo de Resurrección, quien más cerca estuvo de lograr un apéndice fue Juan Ortega, que dio una vuelta al ruedo por gracia de su toreo y por culpa de una estocada más que desprendida al de El Torero.

De nada sirve mortificarse con lo que pudo ser, aunque sea humano e inevitable pensarlo: qué habría sido de haber matado mejor (una oreja de ley habría caído, como la del 15 de agosto, nadie lo duda); qué también si el primer puyazo no hubiera barrenado al toro, ayuno de fuerzas en el último tercio; qué si el sol hubiera abierto entre las nubes, qué…

Lo cierto y verdad es que Juan Ortega volvió a enardecer los tendidos venteños, gracias a esa armonía por la que suspiraba horas antes en la entrevista de LA CRÓNICA.

Hay torero, con un empaque del mejor sabor andaluz. Sin aspavientos, sin aturullarse. Con majeza, con temple infinito.

Juan Ortega acompasó el aire entre su muleta y los pitones, más que serios, del oponente, como sólo los artistas verdaderos pueden hacerlo. Tiene ese don y hay que exigirle que lo aplique en el ruedo. Otras virtudes, como la de la lidia a prueba de marrajos, no están en el currículo. Por tanto, que nadie lo espere ni se lo reclame. Con el arte basta, sobre todo cuando se despliega y convierte el percal en música para los ojos en una plaza donde, afortunadamente, la banda calla siempre mientras el diestro torea.

Los cinqueños de esta tarde (lo fue hasta el sobrero) dieron pocas opciones, contrariamente a lo esperado. David Galván y Pablo Aguado, que completaban la terna, apuntaron sin llegar a disparar, sin que en ninguno de los casos quepan sentencias condenatorias. Se les irá viendo.

Y a Juan Ortega, casi paisano y en todo torero, habrá que disfrutarlo en su buen hacer. Por ejemplo, el 16 de mayo, en San Isidro. Ojalá en ese día con sol, moscas, suerte con el encierro y acierto con la espada. Apuntada queda la nueva cita en la agenda del buen aficionado.