Opinamos mucho y sabemos poco. Les pasa a la mayoría de esos con los que me cruzo por las calles y no me extraña, porque es una enfermedad entre congénita y adquirida que en mi caso ya ha cronificado, con los resultados que el lector puede comprobar aquí mismo.

La ignorancia no te mata e incluso puede darte valor, que es muy útil para resistir largo tiempo en las trincheras. Llegado el caso, si otras personas o las propias circunstancias te obligan a salir a campo abierto para pelearte el cocido frente a un rival real o imaginario, eso de hacerlo sin saber ni por aproximación con lo que te vas a enfrentar es básico para no volver grupas.

Donde debería resultar inadmisible la ignorancia es en el insulto. Vale que la profundidad de los argumentos esté reñida con la evanescencia de las redes sociales. De acuerdo con que cada vez se lee menos y peor. Todo eso lo damos por supuesto y por inevitable, pero hay que exigir al difamador de barra de bar, al diarréico de Twitter o al panfletario de Facebook un poco de conocimiento del idioma español.

Para poner a prueba al lector de LA CRÓNICA, que seguro se escapa del estigma, propongo desde aquí un reto: insúlteme, caballero; insúlteme, señora; insúltame, colega.

Para que se me vea la buena voluntad, empiezo yo mismo, conmigo mismo.

Puesto a insultarme, no dudaría en llamarme calandrajo, que es palabra recia, de indudable raíz castellana y muy acertada para definirme en lo que con menos orgullo muevo cada día.

Créame, aunque no me conozca, que cada año que pasa voy más deshilachado de mí mismo. No necesariamente en el vestir, sino en los rotos que la vida va haciendo en el carácter y en la paciencia, que ya escasea.

Soy, por decirlo en la segunda acepción de la RAE, "un trapo viejo". Valgo para limpiar según que cosas, pero cada vez menos para lucirme, en ningún sentido.

Y puestos a flagelarnos, habrá que reconocer que alguno me ve como "persona ridícula y despreciable", según la tercera acepción que marca la academia. Así me ven los que, para su desgracia, no son más que chisgarabises provincianos pasados de fecha y hasta algún matón de sacristía, que de todo hay en este pueblo.

A fin de cuentas, los labriegos de Salamanca también usan lo de calandrajo para referirse a algo que es mera "suposición, comentario o invención", como ocurre tantas veces en el periodismo… pero nunca en esta columna. Y al que no se lo crea, que le den.

Llegados a este punto, si usted tiene a bien insultarme, hágalo desde este enlace, mejor aún si acompaña una breve explicación del porqué de su elección.

Insúlteme pero bien. Insúlteme, pero bien. Si no aprecia diferencia en el sentido entre la frase con coma y la que no la lleva, mejor que no lo intente, porque no está al nivel requerido para ilustrarnos con su capacidad para el insulto inteligente, por desconocer la lengua en la que nos expresamos.

Demuéstranos lo que sabes, calandrajo, que te estamos esperando.

P.D.: No sucederá, porque las respuestas a este tipo de retos suelen ser escasas, pero en caso de respuesta suficiente me dice el director de LA CRÓNICA que se compromete a publicar un florilegio de los insultos a El Paseante, para general conocimiento y mofa universal. Ustedes verán si lo consiguen.