Entre los periodistas y demás gentes de mal vivir tenemos por costumbre referirnos a quienes ocupan los Gabinetes de Prensa como esos compañeros que están "en el lado oscuro". En muchos casos, la descripción no es mera hipérbole.

Son muchos los que en su tránsito por la proximidad de la política quedan abducidos por los agujeros negros con forma de despacho que pueblan ayuntamientos, diputaciones, gobiernos regionales y dependencias varias de la Administración del Estado. Son entes que absorben todo lo que está a su alrededor. Allí, como en el fútbol, lo que ocurre en el campo de juego en el campo se queda, al resguardo de los oídos y las miradas del personal, que debe conformarse con el eco adecuadamente filtrado que trasciende para no incomodar al que paga a ese asesor y/o funcionario con el dinero de todos.

Ana del Campo es la demostración viva de que el periodismo institucional es posible, no una mera entelequia. La faena para esta profesión y para Guadalajara es que ahora va y se nos jubila.

Con 38 años de ejercicio desde su atalaya de la Plaza Mayor ha podido ver Ana del Campo evolucionar a esta ciudad que la acogió veinteañera, llegada de Madrid  para sacar adelante un diario de corta vida. Fue en esos tiempos de Irízar y de los bisoños ayuntamientos democráticos cuando de la mano y en compañía de la añorada Maricruz Crespo y del incansable Jesús Ropero se formó el primer Gabinete de Prensa de esas Casas Consistoriales. Y así, hasta hoy… que es lo mismo que decir hasta ayer y anteayer, porque insiste la interfecta que ha llegado su hora de parar y ver a los medios de comunicación de esta su ciudad de otra manera.

Claves para que Ana, la periodista, haya ejercido con brillantez y eficacia esta profesión desde esa garita en guardia permanente han sido su exquisita educación, su infinita paciencia, su capacidad para discernir y valorar, su permanente disposición para ayudar al compañero de la Prensa, la Radio o la Televisión y una absoluta lealtad a la institución en la que ha venido trabajando desde aquellos años ochenta del pasado siglo.

Se va Ana del Campo. El mismo camino tomarán también en los próximos meses muchos técnicos municipales, jubilados o prejubilados, que compartieron con ella la misma hornada. A todos les debe esta ciudad el agradecimiento por su trabajo. Pero a Ana, los periodistas de aquí nunca le pagaremos lo bastante haber convertido "el lado oscuro" en un lugar luminoso, poniendo luz sin dilaciones con el dato requerido, sin engañar, sin negar la información solicitada o ni tan siquiera demorarla más allá de lo imprescindible, para evitar que la noticia muriera antes de ser publicada. Otros podrían aprender de ella, aunque nunca lo harán porque ni quieren ni está en su conveniencia hacerlo.

Ana, la periodista, dice que se jubila. Eso habrá que comprobarlo, como exige la norma.

Aun así y por si acaso, ¡gracias por tanto, compañera!