Augusto Gonzalez Pradillo.

España tuvo durante muchas décadas gobernadores civiles. Los penúltimos que por aquí pasaron, con dictador en El Pardo o ya sin él, se movían por los pueblos en aquellos Dodge Dart con motor Barreiros y guión en el morro, con su aguilucho y todo. Andando el tiempo y la cosa democrática, hubo que eliminar la figura del gobernador civil, por ver si los que quieren dejar de ser españoles en la periferia nos aguantaban al resto un rato más. Entre mohínes lo han hecho, a cambio de esos y otros gestos pero, sobre todo, de más dinero que el que en justicia les corresponde. Así seguimos y así nos va.

Medio siglo atrás, cuando el gobernador llegaba a aquellos pueblos con polvo y sin Dios le recibían alcaldes sumisos, que les prodigaban reverencias de color azul dril y educadas peticiones, con respeto a la jerarquía. Cosas del Franquismo. E incluso de la primera Transición. Ahora, a los subdelegados, a la que te descuides, se los ignora. Y no debiera ser así, más que nada porque bajo su mando aún se mueven pistolas y subfusiles, además de inmigrantes intentando hacerse entender ante el funcionariado de Extranjería.

Ángel Canales estuvo ahí.

Ha aguantado el hombre dos años, sin torcer el gesto, al menos en público. En su asfixiante toma de posesión ya se vio que era cierto aquello de que venía sin apenas trayectoria política, lo que era una limitación (para su supervivencia) y una esperanza (para quienes abominamos de la política). Hasta un poco asustado se le vio.

Recordando aquellas imágenes se le ha de reconocer una evolución, parece que insuficiente. Tampoco es tan extraño que una veintena de meses no hayan dado para protegerle con mejor caparazón: al género humano nos ha llevado millones de años llegar a lo que somos, que bien poco es. Incluso algunos de los que estaban presentes aquel día ya no están más que en su casa, lo que acredita que tampoco los que carecen de otro oficio que el de la sumisión son eternos, aunque se lo crean y lo intenten.

Se vuelve a clase Ángel Canales con el reconocimiento de sus subordinados, que no es poco para un cargo público pero que nunca será suficiente cuando al enemigo no lo tienes enfrente sino dentro, en tu propio partido. El subdelegado que ahora se va hablaba poco y sin gritar, dando valor a lo dicho. Eso le diferenciaba también de muchos de los que han tenido y tienen voz en el PSOE de Guadalajara y de Castilla-La Mancha, especialistas en decir y en desdecirse sin jamás inmutarse, como si hubieran sido ungidos por el que inventó la Verdad absoluta. Eso y lo de bramar en arameo contra todo lo que amenace o pueda amenazar sus intereses personales, obviamente.

A algunos descreídos de todo esto nos llegó a conmover, casi sentimentalmente, la posibilidad de que un tío normal sobreviviera a las puñaladas de los propios. No ha sido el caso.

Ahora, a ver quién es el hábil que caza con lazo a alguna funcionaria de nivel A para sustituirlo, con acreditada fidelidad a Pedro Sánchez, vinculación suficiente con Guadalajara y sin miedo ni pereza para soportarlo.

Hay que sentirse muy torero para lidiar algunos astados. Guadalajara ya tuvo uno en el cargo, hace ahora un siglo, allá por 1919: se llamaba Mazzantini. Pero aquel lo soportó, más que por torero, por vasco. Y aun así, aguantó apenas la mitad que Ángel Canales, que se ha ido sin dar la vuelta al ruedo, con silencio en los tendidos, bajo el calor de un verano de hastío y de pandemia.

Ahora, el miedo a hacer el paseíllo lo tienen otros. Más bien otras. Otra.