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19 mayo 2024
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Denuncian abusos sexuales a menores en los Maristas de Guadalajara casi medio siglo después

Aunque se hace referencia sobre todo a la década de los ochenta del pasado siglo, LA CRÓNICA tiene constancia de que la presencia del ahora acusado es anterior.

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Un reportaje de «El País», publicado este viernes, ha obligado a los responsables del colegio Marista de Guadalajara a emitir un comunicado sobre un escabroso asunto. Es el propio director, Ángel de las Heras, quien ha firmado la circular dirigida a las familias: «Os escribo para informaros sobre una noticia que se ha publicado en el periódico El País hoy por la mañana, en la que se acusa a un hermano marista de abusos a menores en los años 80 en nuestro centro». No niega los hechos y alude a una investigación supuestamente ya iniciada para aclararlos, cuando han pasado más de cuatro décadas.

En el rotativo madrileño, varios testimonios refieren que uno de los escasos hermanos maristas que por entonces todavía impartían clases en el centro habría mantenido una dilatada práctica de abusos sexuales sobre algunos de los alumnos. Aunque en el reportaje se hace referencia sobre todo a la década de los ochenta del pasado siglo, LA CRÓNICA tiene constancia de que la presencia del ahora acusado es anterior. A mediados y finales de los setenta, recién llegado de otro de los colegios de los Maristas en Madrid, su conducta ya generó ocasionales comentarios en el mismo sentido, sin mayores consecuencias para él.

El recuerdo de «El Morsa»

El objeto de estas imputaciones es Antonio Tejedor Mingo, un hombre por entonces joven y corpulento, fácilmente identificable por lucir un poblado mostacho que daba razón del apodo de «El Morsa» por el que se le conocía entre los alumnos del colegio, por entonces ya dedicado casi en exclusiva a la EGB.

Hay un denunciante que lo hace con su nombre y apellidos. Se trata de Vicente Carrasco, antiguo alumno. Llega a recordar que «un día que estábamos en aquel taller me fijé que había uno preguntándole algo y hablando con él, pero había algo extraño. Muchas sonrisas. Porque el chaval que había junto al Morsa sonreía. No es que se estuviera riendo de felicidad, pero sonreía. A ratos. Y se movía. Como si le zarandearan. La mano izquierda del Morsa estaba dentro del pantalón del chándal de aquel chaval, por la parte de atrás». «Llevo callado desde 1982 porque a mí no me pasó nada, a mí no me metió mano aquél monstruo, pero lo veía día sí día no, al lado mío”, esgrime en el reportaje publicado por «El País».

El resto de testimonios aludidos, alguno de ellos especialmente desasosegante, se hacen sin que haya trascendido la identidad de quien los refiere.


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