Gracias a que el calentamiento global lleva su ritmo y no el de los apocalípticos, los inviernos siguen siendo inviernos. Por eso, es posible recordarle al resto de los españoles que Molina de Aragón existe, por muy vaciada que consideren que está esta tierra. También existe Sigüenza, claro, y juntas se esfuerzan por no descolgarse en la clasificación general de la España gélida y mesetaria.

Ahí tienen los datos de este martes, 18 de enero del año de Nuestro Señor de 2022:

Con 10 bajo cero al filo del alba, lo mejor que puede hacer uno es arrebujarse bajo las mantas, arrimarse en el lecho a quien por ahí esté, si que es que lo hay, y persignarse antes de asomar por la calle, incluidos los descreídos: las heladas son la constatación, en las mejillas, de que más allá de nosotros está la realidad.

Fue hace muchos años, nada menos que 38, cuando Manuel Vicent comparó a este país, en «El País», con una campana. Casi cuatro décadas más tarde, ni ese periódico es lo que fue, ni tampoco aquel columnista tiene el predicamento que llegó a alcanzar. Lo que dijo el levantino venía a ser que España tiene materia/población en la periferia y en su justo centro, a imagen y semejanza de la campana y el badajo. La imagen, aunque chusca, parece que permanece en muchas cabezas.

Y es que así andamos, ciertamente: con los políticos empeñados en tocarnos a todos el badajo, a ver cómo resuena el enésimo toqueteo de Madrid, propaganda mediante, con las ondas del tópico corriendo sin dejar huella por la España Vaciada hasta llegar enterizas a las pobladas costas.

A los de tierra adentro nos dejan el frío, algo de pan y la compañía.

Ya que el frío despeja, a los paisanos habrá que desearles que tengan buen criterio para las próximas elecciones y no hagan demasiadas tonterías a la hora de votar. Las estupideces están a punto de estallar en todas direcciones, como un Bing Bang a escala castellana, de puro reconcentrarse la mala leche en el reducido espacio de la solitaria neurona que le queda a algunos. Las soluciones, debería ser capcioso recordarlo, nunca llegan bajo la forma de los milagros. Pues ya verán qué pronto se llena esto de falsos milagreros.

¿Qué nos queda, qué nos dejan aparte del folclore de aparecer en los telediarios al borde siempre del estornudo, desde ese exótico lugar al que mandar a la becaria de guardia, para que balbucee en directo al pie de la Paramera?

Los congelados de España no estamos solos. Ni roncos. Debemos hablar, pero con criterio… aunque solo sea por diferenciarnos del estupefaciente discurso del poder, tan propicio a la golosina con relleno de cicuta.

A ver si esta vez, de verdad, nos oyen… siquiera por escrito. Sin llorar, que hasta las lágrimas se congelan.

De todo esto, claro, habrá que seguir hablando.

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