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8 julio 2024
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EL PASEANTE /La escalera de la vergüenza

Lo de la escalera en descomposición del Palacio del Infantado es una prueba, otra más, de que en Guadalajara estamos más cerca de entender el concepto de lo eterno que en muchos otros lugares de Castilla. Aquí, cuando algo se rompe, dura. Y lo que dura, permanece. La eternidad a su alcance, para que la observe e intente comprenderla sin límite de tiempo.

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En esos pocos escalones se resume Guadalajara. Fíjense con atención los lectores de LA CRÓNICA, porque en tan desvencijada presencia está la realidad de una ciudad víctima de la inepcia y la abulia de sus responsables, incapaces por igual de lo grande y de lo pequeño

A este que les escribe, paseante urbano, le dolió días pasados ver a un rebaño de jubilados, pastoreados por un animoso guía, iniciando su gira por Guadalajara en lo que ahora llaman Plaza de España, más o menos por donde estuvo la estatua de Romanones antes de que la arrinconaran en Santo Domingo. Allí, ante la fachada, lo que más destacaba eran las puertas cerradas del zaguán y un letrero que conminaba a doblar la esquina y entrar hasta el Patio de los Leones por la puerta del Museo. Como si tal cosa no fuera un ejercicio de alto riesgo.

Pasean y vean:

Competencia directa del andamio del Maragato, este otro monumento a la incompetencia viene mostrando a los ocasionales turistas un puerta de entrada al inframundo alcarreño. En ese más allá, lamentablemente, no hay ningún Dante que lo cante, pero dantesco sí que es el espectáculo de botes de refresco, bolsas de palomitas y basuras varias que asoman de las profundidades. Todo ello, en el inestable equilibrio de esos grandes escalones apenas sujetos entre tanta pavorosa oxidación que miedo da poner un pie incluso por la vereda que marcan las cintas de colores.

Esto es, se mire como se mire, una puñetera vergüenza.

En el Palacio del Infantado se han reunido durante siglos los brillos y las miserias de Guadalajara, que para algo fue el centro del poder omnímodo de los Mendoza ante una corte de vasallos a la espera de migajas. Luego, la ciudad confió en que bajo sus artesonados, los militares le dieran un uso adecuado y aportaran rentas de alquiler a los vecinos que acomodaban en sus casas a los cadetes. Menos es nada. Menos fue nada, pues casi nada quedó tras el incendio del 6 de diciembre de 1936. Luego vendría la reinvención de la fachada, bajo las ideas de Layna Serrano, una biblioteca, una bibliotecaria que llegó a alcaldesa, muchos cuentos, malas cuentas, un Marqués de Santillana bajo llave, el pago a la duquesa para que se fuera y la cura de la aluminosis, dicen que definitiva.

Lo de la escalera en descomposición es una prueba, otra más, de que en Guadalajara estamos más cerca de entender el concepto de lo eterno que en muchos otros lugares de Castilla. Aquí, cuando algo se rompe, dura. Y lo que dura, permanece. La eternidad a su alcance, para que la observe e intente comprenderla sin límite de tiempo.

Cuando preguntas, te hablan de discrepancias burocráticas entre el Ayuntamiento (que reformó la plaza hace lustros) y la Junta, que gestiona el inmueble cuando no lo hace el Estado. En esto, al menos, no han metido a los jueces por medio, como en tantas otras cuestiones de la vida patria, que para eso quienes mandan en lo uno y en lo otro son amigos y residentes en el mismo partido.

A este paseante, y quizá al común de los vecinos que aún sientan algo de apego por la ciudad que pisan, los detalles menudos no siempre le son los más prescindibles. Esa escalera tiene valor de síntoma, uno más, de la enfermedad que asoma a cada paso. Como lo es la inacabable reparación de la pasarela de Aguas Vivas, lo de usar fondos europeos remitidos con propósito turístico para reconvertir –vaya usted a saber cuándo– en algo distinto lo que fue casa de Santiesteban, el insistente abandono del poblado de Villaflores, rendir reverencias sumisas a los mismos empresarios locales de siempre y a algún recién llegado, desbarajustar la limpieza de las calles y la recogida de la basura como si eso fuera algo tan difícil o fiarlo todo a que seamos felices por lo que se gastan (de nuestro dinero) en fiestas, festejos y festivales para cuando los vecinos salen, deslomados, de sus ocho horas empaquetando logística para otros.

Va a ser verdad que nos quejamos de vicio los pocos que aún nos quejamos, ingratos incapaces de entender que lo que han puesto en el Infantado no es una escalera sino una atracción más en la nueva Guadalajara que a algunos, derrotistas sin remedio, les sigue pareciendo una vieja conocida. Y decrépita. Además de oxidada.


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