Augusto González Pradillo.

La milicia siempre ha tenido grandes admiradores en España, al margen de las ideologías, aunque la derecha les haya sido más pródiga en halagos que la izquierda. Y si duda, siempre le quedará recurrir al soldado Cervantes, con su buen criterio.

Antes y durante la Transición, una de las ceremonias iniciáticas era cantar en casa de un amigo aquello de «la música militar / nunca me supo levantar».

Quien ponía la voz y la guitarra era Paco Ibáñez sobre unas letrillas maravillosas de Georges Brassens, libérrimamente traducidas. Aquel disco grabado en el Olympia de París terminaría rayado de tanta devoción, pasado a cinta de cassette y luego mil veces devorado con ideológica fruición. Les juro que mi cinta la grabamos sin cable de conexión, que nadie tenía, con el micro puesto sobre la cama y estornudos inoportunos colándose por entre alguno de los versos musicados. Todavía no existía la SGAE ni la idea de que infringir los derechos de autor además de pecado era un delito. Otros, más audaces, sacaban los LP del «Galeprix» sin pasar por caja, como los libros en edición de bolsillo… tan a mano como estaban todos, al lado de la puerta automática. Así se los liberaba del capitalismo, para llevarlos a casa.

De entonces a acá ha pasado casi medio siglo, con lo que el alcalde de Guadalajara nunca pudo completar, por pura limitación biográfica, el tránsito de jugar al fútbol en el recreo con un chaval hábil pero enclenque y saludarlo, tantas décadas después, convertido en teniente coronel. Tampoco le ha sido dado observar cómo otros han derivado de comunistas a reaccionarios, impasible el ademán. Incluso quizá aún conserve, si ha mirado poco a su alrededor, la ingenuidad suficiente para ignorar la habilidad de muchos de sus convecinos para navegar cualquier mar con el mismo ánimo de los corsarios, rapiñando a quien se pueda, sin distinciones. «Democráticamente» diría alguno, para justificarse.

De las contradicciones que nos provoca la edad sólo se han librado aquellos, y aquella, que murieron jóvenes cuando todos lo éramos. Adivinará el lector a quienes les dedica uno las mayores nostalgias.

Todos estos recuerdos, que parecen ensoñaciones, vienen a colación del derroche de amor apasionado por el Ejército español que demostró este viernes Alberto Rojo, alcalde-presidente de esta su ciudad.

Durante el Pleno del Ayuntamiento, para justificar lo excelente de su trabajo (del PSOE y Ciudadanos, queremos decir) y lo infundado de las críticas de «las derechas» reprodujo numerosas citas del comandante Higueras, responsable del destacamento que quitó parte de la nieve y el hielo que los vecinos y los operarios municipales habíamos dejado en las aceras.

En declaraciones a «Radio Arrebato» el militar se mostró, más que conforme, entusiasmado con el trato recibido. Celebró incluso lo de quedar alojados en el gimnasio del «Brianda». El militar argumentó que «un hotel no habría sido funcional para nuestra forma de trabajar», entre elogios y halagos a los desvelos de los munícipes que nos representan.

Lo mejor del viento es que sopla en direcciones diferentes. De ahí que existan las veletas, con su gallo señalando a cada rato un punto diferente. Y que nadie se ofenda por la comparación, porque solo el tonto no cambia nunca de opinión.

A algunos de los que han descubierto en 2021 las bondades de nuestros militares y se han lanzado a las redes sociales a aplaudirles con ardor guerrero habría que recordarles que militares eran también los que desfilaron por Guadalajara en 2017, cuando parte de esa tropa tuitera los recibió entre mohínes de desaprobación, porque los traía Cospedal. Y que bajo la bandera (bicolor) de España sirven muchos de piel tirando a oscura y nacidos más allá del Atlántico o de Tarifa, hijos y sobrinos de otros a los que muchos desprecian, por inmigrantes. 

La ironía de Brassens está tan viva como lo estuvo entonces, con el agravante del tiempo transcurrido: de ayer a hoy se han acentuado la imbecilidad rampante y la intolerancia, que nos abofetea a dos manos a quienes intentamos mantener el rumbo que queremos.

El ejército de la guerra actual no viste de uniforme pero intenta también imponerse por tierra, mar y aire… que, para sus trincheras, es hacerlo por Facebook, por Twitter y por televisión.

Brassens, siempre Brassens, sabía lo que cantaba.

La mala reputación

(Traducción libre, versión de Paco Ibáñez)

En mi pueblo sin pretensión
Tengo mala reputación,
Haga lo que haga es igual
Todo lo consideran mal,
Yo no pienso pues hacer ningún daño
Queriendo vivir fuera del rebaño;
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe.
Todos, todos me miran mal
Salvo los ciegos, es natural.

Cuando la fiesta nacional
Yo me quedo en la cama igual,
Que la música militar
Nunca me supo levantar.
En el mundo pues no hay mayor pecado
Que el de no seguir al abanderado;
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe.
Todos me muestran con el dedo
Salvo los mancos, quiero y no puedo.

Si en la calle corre un ladrón
Y a la zaga va un ricachón
Zancadilla pongo al señor
Y aplastado el perseguidor
Eso sí que sí que será una lata
Siempre tengo yo que meter la pata;
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe.
Todos tras de mí a correr
Salvo los cojos, es de creer.

Cuando la fiesta nacional
Yo me quedo en la cama igual,
Que la música militar
Nunca me supo levantar.
En el mundo pues no hay mayor pecado
Que el de no seguir al abanderado;
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe.
Todos, todos me miran mal
Salvo los ciegos, es natural.

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