Augusto González Pradillo.

Andan el concejal de Aike y su presidenta muy animosos por las redes sociales, poniendo de relieve que Guadalajara ha perdido el sello de «Ciudad Amiga de la Infancia»… ese que la capital tenía desde 2012, bajo la égida de Antonio Román Jasanada, exalcalde  y senador del Reino. La Unicef nos acaba de quitar tal título porque el Ayuntamiento no ha sido capaz de «elaborar el III Plan de Infancia y tener activos los órganos de participación», como precisa en su tuit la formación de Jorge Riendas y Susana Martínez.

No extraña que desde el progresismo se asuma con un cierto bochorno que la izquierda sea más incapaz que la derecha, ya sea a ratos o con constancia y persistencia digna de mejor causa. Entre derechas e izquierdas creemos que funcionan las cosas desde la Revolución Francesa, aunque luego aprendas que ni los girondinos eran tan burgueses ni Robespierre un santo varón con algo de mal carácter. Cuando juzgas a los demás por los hechos y no por sus palabras la vida es un espectáculo aún más emocionante, sin margen para el aburrimiento.

De palabrerío y buen rollo estamos más hartos que faltos, como cualquiera puede comprobar si se asoma a los medios que reproducen fielmente, erratas incluidas, los comunicados oficiales. En LA CRÓNICA intentamos evitar al lector la catarata de tópicos de la nueva civilidad, que tanto apabulla al despistado. No siempre lo conseguimos, pero estamos en ello.

Volviendo a las lecciones de nuestra anécdota de hoy, no basta con avenirse a cumplir con la burocracia de la ONU para que una ciudad sea «Amiga de la Infancia», aunque por esa falta llegue la retirada del título. Viene, o debiera venir, por asuntos más tangibles y que, de puro cotidianos, ningún político podría pregonar como mérito propio.

Guadalajara sería amiga de la infancia, de los viejos, de los perros y hasta de los periodistas si alcanzáramos a ser una ciudad mejor de lo que es, más habitable y menos dolorosa de ver. Pero la realidad es que se nos va por entre los dedos de la mano. Con aquellos y con estos.

Mientras encontramos el modo de revivir como capital y como sociedad, al menos tendríamos que quitarnos mucha tontería de encima, para desbrozar el camino. Empezando por la celebración espasmódica de todos los días mundiales que caben en el calendario.

Por ejemplo, este 21 de noviembre en el que se publica este artículo, resulta que nos llaman a celebrar, uno y trino, el Día Mundial en Recuerdo de las Víctimas de Accidentes de Tráfico, el Día Internacional de la Espina Bífida y el Día Mundial de la Pesca. Y así, cada día, de cada mes, de cada año.

Los vecinos de esta ruinosa y arruinada ciudad que se llama Guadalajara esperan tiempos mejores que, con absoluta certeza, seguirán sin llegar mientras cada cual no se ponga a la faena y dejamos de esperar a que otros nos hagan el trabajo. Incluso si el que está por venir no se llama Godot, de cuyo absurdo son fieles seguidores los epígonos del presente.

¿De verdad creemos que por decir que somos una Ciudad Amiga de la Infancia lo somos? ¿De verdad creíamos que iban a prohibir la prostitución y perseguir al putero en la misma capital cuyo prostíbulo de referencia cumple, con promoción especial, sus 18 años de plácida existencia? ¿De verdad sólo llegaremos a ser mejores cuando nos los indique la autoridad competente y, sobre todo, la incompetente?

Y una última sugerencia, por si alguien la comparte: el mejor antídoto para quitarnos la grisura imperante quizá estaría en eliminar de las calles de este pueblo nuestra pasión inveterada por la envidia. Reconocer que el otro es mejor que tú en según qué cosas convertiría a Guadalajara en Ciudad Amiga de la Especie Humana. Que, por ahora, en tantos momentos ni lo es ni lo parece.

Los otros seis pecados capitales, mejor para otro día.

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