Redacción de LA CRÓNICA, en la calle Pintor Antonio del Rincón, de Guadalajara.

Por más que solamos consolarnos con el fatalismo propio de la especie, nacer español no implica estar condenado ni al surrealismo ni a la tragicomedia. Lo que padecemos no es una unidad de destino en lo universal de la estupidez, sino la condena propia de estar gobernados por unos relajaos… en el mejor de los casos.

Aquí ya no caben medias tintas, ni en la crítica ni en la queja. Después de un año de ver al Gobierno de la Nación evadir por sistema sus responsabilidades frente a la pandemia no hay forma humana de exculparlos. Tras doce meses de gobiernos regionales improvisando desde su respectiva taifa autonómica, con poco tino y mucho desatino, la única confianza llegará cuando podamos volvernos a ver todos cara a cara. Y para eso queda mucho, como cualquiera comprende, vacunas mediante.

En todo este tiempo, desde LA CRÓNICA nos hemos esforzado por llevar al lector la verdad más aproximada a la realidad, esa que no tiene por qué coincidir con la versión oficial. La perplejidad, no obstante, desde el inicio de la pandemia radica en la contumacia con la que las distintas Administraciones ajustan, reajustan y desajustan las cifras a su antojo o conveniencia; cuando no sucede por negligencia o impericia, que también ocurre.

Este Viernes Santo, ya que en esta casa se trabajaba, ha habido quien ha tomado los datos del Instituto de Salud “Carlos III”, con sus 233,55 casos por 100.000 habitantes, para resaltar que Guadalajara está ya por encima de Madrid y multiplica por 17 la incidencia que se da en la provincia de Albacete. Pues bien, con ser esos datos alarmantes, lo son menos que los que la propia Junta de Comunidades ha publicado de modo casi invisible en el Diario Oficial de Castilla-La Mancha, entre páginas y páginas de burocrático relleno para justificar la prórroga, por 10 días más, de las medidas de Nivel 2. Pues bien, según el propio Gobierno de García-Page admite, aunque no pregona, en la provincia de Guadalajara estábamos ya el 28 de marzo en los 267,6 casos de incidencia acumulada a 14 días. Más que lo dicho por el organismo de referencia del Estado.

Que las cifras de la Consejería de Sanidad resulten peores que las del “Carlos III” no significa nada, porque ambas partes han hecho de la posterior y errática “consolidación de datos” una costumbre tan inveterada que ya tiene marca de vicio de nefando. Pero sí podemos contemplarlo como un síntoma de la liviandad con la que se toman lo del rigor los contables del virus.

Todo esto hay que recordarlo y resaltarlo, para que a los periodistas se nos critique por nuestras carencias, que son muchas, pero no por las ajenas. 

Si, además, alguna vez se aplicase la coordinación entre las administraciones como el sentido común reclama desde marzo de 2020, estaríamos un poco más cerca de darle solución a una pandemia que ha matado a muchos de los nuestros y nos ha dejado en evidencia a todos los demás. ¿De qué se sirve pavonearse de lo bien que nos va en Castilla-La Mancha cuando quien tiene autoridad y obligación no es capaz de poner coto a una situación tan lamentable como la de Horche? Lo que acaba de escribir en una terrible carta el doctor García Arés, en misiva dirigida a los horchanos, no tiene desperdicio:

¿Acaso hay que rogar de otro modo que terminen los despropósitos, ya sean por parte de los gobernantes o de los gobernados?

Esto no está bien: ni la situación, ni tanta chapuza continua para resolverla.

Menos mal que íbamos a salir más fuertes, según decía el otro.

Mientras salgamos de esta y lo hagamos con un mínimo de aliento, nos conformamos.


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