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23 febrero 2024
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EL PASEANTE / El mobiliario urbano era esto

Estaba allí, de balde, en la misma ciudad en que hasta el aire que se respira cuesta, en la parte alícuota que a cada uno nos corresponde y nos va a corresponder pagar por esa estúpida Zona de Bajas Emisiones en trance de obligada imposición.

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Llevamos décadas arrastrando ese formulismo entre técnico y pedante que engloba en el epígrafe de «mobiliario urbano» un auténtico bazar de trastos, más o menos útiles para nuestras vidas y, a veces, para nuestros culos.

Oportunamente, en los catálogos de los proveedores municipales no hay sólo espacio para los bancos de toda la vida de Dios, sino para una panoplia de jardineras, papeleras, contenedores (y cubrecontenedores, para oler sin ver), fuentes para ver y no poder beber sin empaparte (salvo que estén condenadas desde hace tanto, como ocurre en Guadalajara), bolardos y pilonas (como la que cada dos por tres se rompe en la Plaza Mayor) e incluso aparcabicicletas para los pocos que se atreven a pedalear por la ciudad con las más cuestas más ásperas de Castilla.

El negocio debe ser próspero, tanto por la liberalidad de quienes lo contratan como por el carácter fungible de los modelos y de sus materiales: lo que no se rompe, se pasa de moda, a un plazo fijo casi siempre breve.

Si acaso, como ejemplo de inusitada pervivencia, animamos al lector a comprobar cómo era eso del mobiliario urbano hace décadas, cuando se plantaron por la capital unas jardineras verticales de las que sólo queda una: esa que ha permanecido enclaustrada en el andamio del «Maragato» y que ahora aflora a la vista, con unas pujantes hierbas silvestres en uno de sus vasos.

El momento del (re)descubrimiento de la jardinera vertical e histórica de Guadalajara, en la Plaza Mayor, en el solar del «Maragato». (Foto: La Cronic@)

Todo pasa y nada queda, que no dijo el poeta.

Entre lo que duraron los bancos de piedra de la Concordia o del paseo de Las Cruces y lo que hemos visto y usado las papeleras portátiles de la pasada Navidad hay un mundo, o un universo. Mejor no comparar.

Vienen todas estas reflexiones, ligeras como evanescentes son los propios cachivaches de los que hablamos, al hilo del hallazgo que el fotógrafo de esta casa hizo días atrás. Fue pronto (a la del alba, como diría un arrebatado ministro de Aznar) cuando en una plaza de Guadalajara apareció el hermoso sofá de piel cuya imagen encabeza estas líneas.

Era, en sí mismo, una llamada a clamar por todo lo contrario de lo que se nos pide en estos días nuestros para ser ciudadanía antes que ciudadanos.

Contra la llamada permanente a no dejar de movernos hacia alguna parte, sin sentido pero sin parar, el sofá nos llamaba para sentarnos, calmarnos, quedarnos, solazarnos y descansar hasta de nosotros mismos… que solemos ser nuestra más penosa compañía.

Estaba allí, de balde, en la misma ciudad en que hasta el aire que se respira cuesta, en la parte alícuota que a cada uno nos corresponde y nos va a corresponder pagar por esa estúpida Zona de Bajas Emisiones en trance de obligada imposición.

No tenía dueño, cuando todo lo tiene.

Y siendo un estorbo, no estorbaba.

Afortunadamente para el recto orden de las cosas, poco después pasaba por allí el eficiente servicio de recogida de enseres del Ayuntamiento de Guadalajara, ciudad Muy Libre, Muy Leal y relativamente aseada.

Ganas le dan a uno de llamar al 900 700 313 a ver si también se llevan a ese que yo me sé y en el que usted, probablemente, ahora mismo también está pensando. Me temo que no valdría la argucia y se resistiría, experto él en insidiosas resistencias.

Dicen que lo mejor de la vida o cuesta poco o no tiene precio. Sólo al final te das cuenta de lo que eso tiene de verdad.

Por qué será que ya echo de menos aquel fugaz sofá a la vista de lo que nos esta cayendo… siquiera para sentarnos y tomar algo de aliento.


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