Un adoquón, como el de esta historia.
Un adoquín, como el de esta historia.

Disculparán los lectores que este paseante, habitualmente enfrascado en las reseñas casi literarias de la realidad circundante, se meta esta vez en crónica de sucesos. Hay motivos que lo justifican, porque la delincuencia al modo que se entiende en Guadalajara a veces parece puro realismo mágico, al nivel de lo que escribía aquel colombiano con bigote.

Andan los ánimos revueltos en Azuqueca de Henares, a cuenta de los delitos que se cometen en esa localidad que desde el Ayuntamiento quiere ser considerada como ciudad. El problema existe y, según se comprueba, a fuerza de insistir ha sensibilizado a la Guardia Civil hasta el punto de que se den a conocer para general conocimiento las actuaciones que practican, incluso cuando giran en torno a un adoquín.

El susodicho elemento, que no solía ser un arma ofensiva desde el París de mayo del 68, fue utilizado este vez por un joven de 20 años en la madrugada del domingo… aunque se haya conocido ahora, cuando ya estamos a punto de acabar la semana laboral.

El azudense, que lo es aunque se desconozcan más datos de su identidad, fue visto in fraganti por unos agentes de la Guardia Civil, cuando se esmeraba en intentar romper la ventanilla trasera de un coche aparcado en la vía pública (esa que, aunque pública, no es de todos ni para todo). Le acompañaba otro sujeto, del que tampoco se sabe más. Ambos, dándose cuenta de que tenían compañía, echaron a correr calle adelante, no sin antes desprenderse del poco sofisticado artefacto que estaban utilizando para su robo frustrado: un adoquín.

Al cómplice lo detuvieron a la altura de la Avenida del Ferrocarril. Al otro, aún le andan buscando.

Sin el adoquín encima, corrió ligero, según se ve.

Cosa de poco todo lo anterior, sí, pero que nos ha dado para juntarnos, usted y yo, en el contenido espacio de esta columna digital.

Y al juez de guardia, un motivo más para suspirar de nuevo por el exceso de trabajo y los escasos medios. Hasta que a fuerza de insistir, «chorizos» y togados, se vuelvan a encontrar. Entonces suspirará igual, pero con más confianza.

Más artículos de El Paseante: