20.1 C
Guadalajara
20 abril 2026
InicioViajesGuía para un viaje a Malinas... con buenas sorpresas

Guía para un viaje a Malinas… con buenas sorpresas

-

La primera sorpresa para el viajero que llega a Malinas es que no le recuerden en cada esquina los tres días de incendios y saqueo a que la sometieron los Tercios de Flandes, para cobrarse la soldada que no llegaba desde España. La arrasaron.

La segunda sorpresa es que su personaje más relevante no sea un hombre, sino una mujer: Margarita de Austria.

La tercera, que los propios malineses se ríen de sí mismos con desenvoltura, hasta el punto de llamar «Maneblusser» (apagalunas, podríamos traducir) a una cerveza local en recuerdo de una tradición local que abochornaría hasta a los de Lepe, pero que aquí encanta a los tataranietos de los protagonistas. Luego te la contamos.

La cuarta, que las aparentemente inofensivas bicicletas terminan convirtiendo al turista despistado en esquivador experto, ya que raro es el ciclista urbano que hace sonar pito, claxon o bocina. Y te las cruzas por cientos. Esto es Flandes, casi Holanda.

… y la quinta sorpresa, quizá la más importante, es que en Malinas han conseguido una inusual buena convivencia entre sus casi infinitas minorias nacionales, raciales y religiosas.

Han echado cuentas y aquí hay vecinos de 138 países diferentes, que nacieron hablando 80 lenguas diferentes. Aunque el neerlandés es el idioma habitual y el inglés (o el francés, quizá con reparos) el salvavidas de costumbre.

Tanto si empleas una hora o dos o tres para visitar esta recoleta ciudad flamenca, o si le dedicas el par de días que se merece, es muy probable que percibas una alegría de vivir muy de agradecer.

Los malineses te reconocerán que eso no siempre fue así, que incluso hace un par de décadas las noches no eran lo animadas que hoy son… pero los milagros, incluso los que son consecuencia de la inteligencia y el esfuerzo humano, tienen esas cosas.

Vamos a comprobarlo…

Aparca y camina

Para empezar, si el lector llega en coche, lo mejor es dejarlo bajo la Plaza del Ayuntamiento, con un parking subterráneo muy apropiado para echarnos a andar.

A pocos metros, nos plantaremos en la Oficina de Turismo, que desde 2018 ocupa parte del centriquísimo Schepenhuis, la centenaria Casa de Ediles. Sede del poder municipal primero y del Gran Consejo desde el siglo XV, estamos en pleno centro del poder civil borgoñón. ¡Palabras mayores! Además, hay información en español, abundante y de calidad.


• La Plaza Mayor

Armados con nuestro folletos, podemos desandar esos pocos pasos y orientarnos, de un modo divertido, con las escenas que nos indican los atractivos de los cuatro puntos cardinales de la ciudad.

En todo caso, dediquemos un buen rato a disfrutar de la vista del Ayuntamiento y de los edificios que cierran la plaza, algunos ahí levantados desde hace más de cinco siglos.

Fieles a su pasión por el comercio, los malineses lo primero que construyeron aquí fue una lonja. Cuando la economía vino mal dada, parte se reacondicionó como prisión… sin más comentarios.

Hasta principios del siglo XX no se terminaría el edificio completamente, con lo que si aprecia neogótico al lado del gótico original, no se extrañe ni le eche la culpa a sus ojos.


• La omnipresente Margarita de Austria

Para Margarita de Austria, hermana de Felipe El Hermoso y tía del futuro Carlos V, el año 1507 resultó ser muy especial. También para nosotros, porque de su importancia veremos muchas huellas al recorrer Malinas.

Esta mujer llegó a la ciudad en ese 1507 para asumir el cargo de gobernadora y con ella, ver erigirse el primer edificio renacentista de estos contornos. Sede temporal del Gran Consejo, terminó por convertirse en Palacio de Justicia y merece una visita, aunque no siempre el acceso sea posible. Eche un vistazo a las fotos de nuestra galería gráfica para comprobar que merece la pena buscarse las mañas para entrar.

Margarita, que fue desairada con apenas 11 años como fallida esposa del príncipe de Francia, tampoco pudo llegar a mucho con Juan, el hijo de los Reyes Católicos, del que enviudó al poco de casarse, sin llegar a reinar en España.

A la tercera contrajo nupcias con su gran amor, Filiberto de Saboya, que apenas le duró tres años… cuando ella apenas tenía 24.

Visto lo visto, se negó en redondo a intentar más matrimonios. Con esa decisión, el futuro emperador Carlos encontró en su tía a una educadora y Borgoña, una muy responsable gobernadora en sus tierras del norte. La verás en su estatua, pero también hallarás su recuerdo en los mejores edificios de la ciudad…


• La torre de San Rumoldo

Para los que no tengan pereza ni miedo a la alturas, esto está para no perdérselo.

Alcanzar sus 97 metros por una escalera de 538 escalones tiene su mérito y su recompensa, por aquello de las vistas.

Además de justa fama por dos carrillones, el más reciente instalado a finales del siglo XX, la torre es pura historia por la osadía con la que fue iniciada y la prudencia con la que fue rematada: de los 167 metros que se propusieron tuviera, se quedaron en algo más de la mitad, visto los fracasos habidos en otras ciudades flamencas.

Ahí sigue, en pie y sonando los cuartos con carrillón y entre cada cuarto, con campanas.

e

Cuentan que en una noche de niebla, hace siglos, un borracho que salía de una taberna creyó ver que ardía la torre, en lo más alto; dio avisó a sus vecinos que, asomados, comprobaron que, en efecto, refulgía el fuego en lo más alto. Se movilizaron muchos, presas del pánico ante la casi segura pérdida de su más soberbio monumento. Cuando se afanaban en alcanzar las llamas y apagarlas, el cielo se descorrió y permitió comprobar que las supuestas llamas eran tan sólo el reflejo de la luna. Desde entonces, a todos los que aquí viven se les conoce como los «apagalunas». Cosas peculiares de Malinas.

La visita a la torre cuesta, desde hace años, 8 euros para los adultos y 3 euros para los menores de 26 años. Hay descuentos para familias. Aviso para españoles con horario español: no dejan subir a partir de las 16.40 horas. Puedes comprar la entrada desde aquí.

Y junto a la torre, su catedral, iniciada en el siglo XIII, pero con predominancia del gótico. Merece una visita detallada y un vistazo a su púlpito, tan descomunal como otros del país.


Las casas particulares, los canales, los puentes, las bicicletas…

Pero, sin duda, si de algo deberían enorgullecerse los habitantes de Malinas es por la belleza de sus calles, tachonadas todas ellas por las archiconocidas fachadas flamencas, de esas que no podremos dejar de admirar ni de comprar como recuerdo reducidas a simple imán para el frigorífico.

Cualquier calle vale para dejar que nuestros ojos paseen y encuentren motivos de asombro. En nuestra galería gráfica hay ejemplos más que abundantes de esto que decimos. Son siglos de acumular riqueza con sabias transacciones comerciales los que nos contemplan a nosotros. Un dinero, al menos, bien empleado.

Malinas funde en su trama urbana el encanto de una ciudad que pareciera especialmente pensada para andarla, cuando en realidad sus canales facilitaban ese comercio que la sustentaba. Para el viajero, hoy existe la posibilidad de realizar un crucero en una pequeña barcaza, entre abril y octubre.

Si hay un ejemplo de cómo Malinas es una ciudad viva y que apetece ser vivida lo tenemos en la histórica De Cellekens. Hasta mediados del siglo XIX fue asilo de desamparadas. Hoy es propiedad particular, con un gusto tan exquisito que en 2002 mereció el premio Europa Nostra lo realizado allí por la escultora Mariette Teugels y su marido, el fotógrafo Herman Smet. Admiten visitas, en las condiciones marcadas por los propietarios.

Y junto con los paseantes, y entre medias, las incontables bicicletas. Esquívelas y relájese, porque lo importante es seguir nuestro andar…


Palacio van Busleyden, un museo excepcional

Los responsables del Museo Palacio van Busleyden, en Malinas, tienen muchas razones para estar satisfechos. En un edificio del siglo XVI, los muchos años de proyecto concluyeron felizmente en 2018, para bien.

Lo más espectacular de este museo, además del edificio que lo contiene, está en algunas de sus obras de formato más pequeño. Son exactamente siete, que fueron sometidas a una magnífica restauración hasta lucir como no se había visto desde hacía siglos.

¿Cómo traducir correctamente la expresión francesa jardin clos, con que se las denomina desde que fueron creadas y usadas? A alguno, Jardin Clos le sonará esencialmente a un disco de Win Mertens, pero la cosa va mucho más lejos… directamente a las formas de devoción privada del siglo XVI.

Y en efecto, esta representación del paraíso celestial traído a lo terrenal son devocionarios de madera, con sus tapas pintadas con escenas religiosas al óleo, pero cuya máximo interés y función está en su cuerpo central, abarrotado de elementos. Allí no es que sea posible perder la vista y dejarla vagar, sino que resulta imposible no hacerlo, quizá también pasar de la contemplación a la meditación. Visto con nuestros ojos, resulta difícil encajar la mística con este pequeño paraíso, pero de eso se trata y se trataba. La flora y la fauna son los de un jardín paradisíaco, cerrado frontalmente por una cerca, donde nos espera la Virgen María o el Crucificado, junto con algunas santas, muñecas de Malinas, sin dejar un solo hueco entre adornos de papel maché y cientos de florecitas de seda.

Estos altarcitos tuvieron un gran éxito, sobre todo en las comunidades religiosas femeninas. Alguna de ellas donó estas siete maravillas a la ciudad, que en 2014 puso a trabajar a ocho restauradores, cada uno especializado en una técnica concreta, para devolverles todo su esplendor. Sólo por comprobarlo ya merecería la pena el viaje.

Pero no es la única forma de religiosidad que nos asalta en este singular museo. La memoria de los pueblos es tan frágil que pocos serán los españoles de mediana cultura que sepan a qué nos referimos cuando hablamos de las «poupées de Malines». Los más despistados creerán que nos referimos a un grupo musical; los malpensados, a señoritas destinadas a alegrar corazones solitarios. Nada de eso.

Las muñecas de Malinas supusieron en su tiempo un auténtico fenómeno casi de ámbito mundial, pues se exportaron en gran número a España y llegaron no sólo a América sino incluso a Filipinas. La razón de su éxito estaba en que eran de tamaño contenido, nunca más allá de dos cuartas de altura, pues debían servir para la devoción particular de las damas. Así, representaban sobre todo a la Virgen, pero también a las santas más veneradas por el catolicismo de la época, como Santa Bárbara, Santa Catalina o Santa Ana.

Por los pasillos que hoy se dedican a museo también resonaron los pasos de Erasmo, una de las más grandes luces del pensamiento europeo de todos los tiempos.

Para pasear por sus salas hay que tener en cuenta que el museo está cerrado lunes y martes.


Dónde comer (y beber) en Malinas

Para comer platos franco-belgas, fue refugio tradicional durante muchos años el Cafe Belge, en la Grand Place o Grote Markt, pero el local ha cerrado y ya es solo recuerdo. En cualquier caso y donde se haga un alto para recuperar fuerzas, recomendamos la cerveza «Carolus», que se elabora en Malinas. La variante más normal, o «classic», ya basta para dejar satisfecho a cualquiera.

Dónde dormir en Malinas

Hay tres hoteles de cuatro estrellas en la ciudad, todos ellos recomendables: Martin’s Patershof, Novotel Mechelen Centrum y Hootel Vé.

… y por si aún quieres más…
La fuente más directa de información está en www.visitmechelen.be

También es muy interesante pasarse por la más general www.flandes.net

Más sobre Flandes en LA CRÓNICA: