Aun a riesgo de ser criticado, si me muerdo la lengua a raíz de este asunto, me enveneno.

He tenido en la empresa privada subordinados con sueldos de ministro y hasta de presidente de Gobierno y, francamente, creo que la responsabilidad, la dedicación, la entrega y el compromiso que requieren los altos cargos públicos está escasamente remunerada si queremos que los ostenten los mejores. Cuestión de mercado.

Si mal no recuerdo, yo era el único concejal no liberado en la política en el equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Guadalajara en la primera legislatura en la que Antonio Román fue alcalde (yo estaba acostumbrado; ya había sido concejal de Cifuentes durante dos legislaturas, también por amor a la causa). Aún recuerdo que entre plenos ordinarios y extraordinarios, ruedas de prensa, cuadrantes de fiestas locales y jornadas de reunión de grupo, gastaba más de dos tercios de los 22 días del merecido descanso vacacional que tenía en la empresa que pagaba mi hipoteca y el colegio de mis hijos.

Aun así, sufrí la incomprensión y la crítica de algún compañero concejal que pensaba que mi dedicación gratuita era escasa, pero que no veían la luz encendida de mi despacho municipal –compartido– a partir de las nueve de la noche (después de mi jornada laboral XL en mi trabajo remunerado) revisando contratos municipales, presupuestos, propuestas, proyectos y asuntos pendientes de firma.

Para mi satisfacción y motivación, el alcalde entendía mi situación y tuvo en cuenta mis limitaciones (si, por ejemplo, yo estaba viajando en el extranjero por motivos laborales, condicionaba la fecha de una rueda de prensa juntos o hasta de un pleno municipal, ya que éramos 13 de 25).

En realidad, en mis más de 30 años de actividad política, sólo estuve liberado (y porque no se podía no estarlo) durante la legislatura que fui Director General del Gobierno de Castilla-La Mancha; mis ingresos se vieron muy reducidos, con una disponibilidad 24×7 (de hecho, era el Director General que menos cobraba, pues mis casi tres décadas trabajando no generaban antigüedad, a diferencia de mis colegas funcionarios) y, cuando volví a mi puesto en la empresa privada, había perdido las subidas salariales y oportunidades de promoción de 4 años, los bonus y la remuneración variable… Vamos, que mi mujer y mis hijos festejaron el final del tiempo y el dinero de los que les privé en ese periodo.

¿Me obligó alguien? En absoluto. ¿Me arrepiento de ello? Tampoco. ¿Volvería a hacerlo? Creo que no.

Los recientes acontecimientos me están desenganchando de esta fuerte y, para muchos de mi entorno, incomprensible adicción. Aunque siempre existe el peligro de recaída, sobre todo si las circunstancias cambian o a uno le convencen (o vanidosamente se autoconvence) de que puede contribuir a cambiarlas…

También he de reconocer que he disfrutado mucho con mi actividad política, he aprendido muchísimo, he vivido momentos inolvidables, y he conocido gracias a ella a muchas personas y situaciones que merecen la pena; más aún, creo que el enriquecimiento vital que proporciona es tal, que todos deberían dedicar a la actividad política un periodo (limitado) de su vida y ennoblecerla con su aportación personal más valiosa, con lo mejor que sepan hacer.

Con estos antecedentes, me siento voz autorizada para manifestar que me parecen difíciles de explicar y poco lógicos algunos de los criterios de inclusión o exclusión (entre los ya electos) de los asalariados o liberados por mi partido, el Partido Popular, en el Ayuntamiento y la Diputación de Guadalajara.

Son unos momentos muy difíciles y una situación muy compleja: mucha gente preparada y pocos puestos. Hasta digerir el paso del poder a la oposición, es humano y legítimo querer seguir con un empleo remunerado y que tu aportación tenga la retribución que merece; pero esto es matemáticamente imposible mientras se produce una especie de ERE que afecta a más del 50% de la plantilla que estaba entregada al proyecto y se han dejado la piel por él.

En este contexto no aflora precisamente lo mejor de las personas. Al contrario, las amistades, la lealtad y el compañerismo quedan relegados por las capas más profundas y básicas de la Pirámide de Maslow, por el intento de salvar lo que uno tiene.

Pero como no estoy de acuerdo con cómo han sucedido (en fondo y forma) algunas cosas por todos conocidas y, además, creo que no contribuyen a recuperar el espacio perdido, ni a renovar, ni a sumar, ni a ilusionar, ni a nada bueno,  pues lo manifiesto y punto.

Y si hay que ayudar a recomponer y contribuir a remar juntos, para eso estamos. Cada uno con sus talentos y también sus limitaciones.