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16 abril 2024
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EL PASEANTE / Déjame que te engañe

El consuelo de saber que lo de ahí afuera es moldeable, además de fugaz. No hace falta mentirnos pero sí engañarnos, inventándonos la vida. Sin porqués ni para qué. Necesitamos historias cada día, a cada paso, para irlo soportando. A ser posible, bellas historias como las que sugiere esa bella mujer.

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Hay que tener una vanidad cósmica para considerarse dueño de la verdad y de la realidad en una sola frase. Alguien lo ha hecho en España últimamente y parece que el baranda manda bastante. O, al menos, eso cree él y quienes quieren apearle del sillón.

Y pese a todo, el mundo sigue.

Todo lo que nos rodea es una invención, pues en caso contrario nuestra existencia sería insoportable además de inexplicable. Como no hay respuestas a nuestras preguntas, las inventamos. El consuelo de saber que lo de ahí afuera es moldeable, además de fugaz.

Así es como vamos engañando el tiempo, desde que nuestro tatarabuelo más ancestral gruñía en la sabana africana, antes de volverse al árbol para seguir a resguardo de los que le querían cazar.

Lo más probable es que no haya propósito para todo esto pero algo habrá que hacer, mientras nos quede aliento.

Por eso, pensando en ti y en tus incomodos con la vida, he recordado a esa bella mujer que asomaba en uno de los más hermosos edificios de una ciudad burguesa y satisfecha, no hace tanto.

«Las más bellas historias comienzan aquí», anunciaba ella, con ojos evocadores. Lo decía en francés, que es como mejor se susurran las palabras de amor y las utopías más imposibles.

La frase vale tanto para anunciar una película como para anticipar una cópula feroz o para vislumbrar enternecido el esbozo de una sonrisa.

Nos hacen falta historias cada día, a cada paso, para irlo soportando.

A ser posible, bellas historias.

Historias propias, en cualquier caso. Desnudarnos de la piel del otro y vestirnos la nuestra, aunque nos tire la sisa al paso de los años.

No hace falta mentirnos pero sí engañarnos, inventándonos la vida. Sin porqués ni para qué.

Soñarnos no es suficiente, pero es a lo más que llegamos.

Como la irreal realidad del cine, las tinieblas iluminadas de una novela o el mal despertar puesto por escrito de un gacetillero de aldea en tiempo de Cuaresma, aventando palabras, espantando ideas.


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