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Una ciudad de viejos

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Hace algunos años, una filósofa valenciana radicada en esta capital generó críticas al afirmar que en la ciudad sólo hay viejos. La generalización abusiva tiene esas cosas, ya se sabe. Lo peor es que lo dijo en televisión y en horario de máxima audiencia.

Aquella mujer, tan sentenciosa como poco discreta, se equivocaba al considerar que esta ciudad, la misma que muchos lectores de LA CRÓNICA pisan cada día, es sólo un reducto de la decrepitud andante.

En Guadalajara, que es de lo que hablamos, hay sitio para mucho más, nunca bien ponderado.

Por ejemplo, basta con andar atento para ver que te cruzas a cada paso gilipollas a prueba de reconvenciones, funcionarios listos y funcionarios tontos, amagos de poetas y simulacros de periodistas, empresarios codiciosos y trabajadores ociosos; estólidas y estólidos de variados pelajes, edades y color de piel, unidos todos por la elegancia perdida de aquella ciudad provinciana que una vez fue.

Junto al producto local abunda sobremanera el llegado de allende las fronteras, hombres y mujeres que en muchos casos nunca trabajarán por razón de su edad, ya que están aquí para acompañar a los que, se supone, sí lo hacen. Son parte, creciente, del censo septuagenario.

Porque lo que predomina en las calles más céntricas, y es esa una gran verdad, son los viejos. Gente con pocas ganas de morirse, especialmente en las mañanas de cada día 24 de cada mes. Tanto si se sienten bien pagados como si no.

Con tanto donde posar la mirada, ya que es imposible dejar de pasar lista a tan completo repertorio, al hacer recuento encuentras un amplio muestrario de sombreros de paja trenzada en China, junto con algún auténtico panamá del Ecuador, coronando en su inmensa mayoría alopécicas cabezas; en el caso de las señoras incluso octogenarias, la invocación a la juventud perdida se traduce en un hippismo revenido y de amplios vuelos, con o sin tinte capilar multicolor como añadido.

En tiempo de verano las canillas masculinas se muestran masivamente al aire, dado que las bermudas son uniforme casi general. Los dedos de los pies, muchos de ellos como garfios, se muestran sin pudor. Alguno, en un alarde de imposible definición, los oculta con calcetines de espumilla, no por vergüenza sino por costumbre.

Guadalajara es país para viejos, a lo que parece. Tanto, que una concejala sonriente concelebraba hace poco el Día de los Abuelos. Mira tú.

La vejez es la antesala de un viaje sin vuelta y quizá sea por eso que los jubilados de toda Europa llenan hasta los topes los aeropuertos y por estos andurriales, los autobuses del IMSERSO. Cualquier cosa antes que parar, no sea que veamos que a nuestro alrededor ya no están muchos de los que estaban.

Es verano. Hace calor. Andar sobre el granito es un experiencia insoportable para los pies, para los sobacos y para el ánimo. Pararse a hablar con tan pocas sombras en las que ampararse es un ejercicio temerario. Sobre todo cuando alguno de tus interlocutores son sombras de lo que fueron y no lo disimulan.

Dicen los físicos modernos que el tiempo no existe, que es un engaño. Ya lo profetizó Calderón, ese al que respetan más en Francia que aquí.

Si la vida es solo ensoñación habrá que convencer de ello a ese al que saludas cada día por la mañana, entre legañas, ante el espejo. Y buscar al auténtico tú antes de que salga, sigiloso y sin enmienda, camino de la nada.

Pero para eso, por favor, no hace falta echarse a correr vestido de adefesio, con el aliento perdido entre la rotonda del Ciclista y la Fuente de la Niña, como si no hubiera un mañana.

Incluso para esos corredores de fondo hacia el abismo, por mera probabilidad, todavía hay tiempo y oportunidades. Hay un mañana y tal vez un pasado mañana.

Habrá que disfrutarlo.

Es, sea cual sea nuestra edad, lo que nos queda.

Mejor, sin jadeos que no sean antesala de un orgasmo.

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