Augusto González Pradillo.

Es domingo y toca lamentarse de la muerte de una mujer (otra mujer más) a manos de un hombre (otro hombre más) en la larga sucesión de crímenes de hombres contra mujeres. Ya son quince asesinatos este año en España. En otros países, la cuenta es incluso más terrible.

A estas horas de la mañana del 30 de mayo de 2021, con el cuerpo de Nicoleta ya en el depósito de cadáveres del Tanatorio, una mujer de 40 años ha pasado a ser noticia de telediario y referencia escrupulosa para el informe de un forense. Es la brutal rutina de cada caso de asesinato de una mujer (otra mujer más) a manos de un hombre (otro hombre más).

Después de recorrer los contornos que ella misma anduvo, los alrededores de ese piso en ese bloque en ese pueblo de esta España embotada e insensible, todo huele a soledad, aunque dentro de las casas haya vida. No la de ella.

Nicoleta fue a vivir, y a morir, más allá de Parque Vallejo, la urbanización de cientos de chalets idénticos unos de otros que ocupa lo que hace décadas eran tierras fértiles para las patatas. El edificio está en medio del campo, pegado ya a las vías del tren. Más allá, la fábrica de Mahou. No serán muchos los que relacionen a Nicoleta con la cerveza cuando se tomen el próximo botellín. Yo, sí.

Hace ya mucho que ha amanecido pero no se ve a nadie ni se oye nada. Hasta llegar aquí sí que te has cruzado con bandadas de ciclistas, runners solitarios, algún jubilado, algunos coches… La gente vive, en el pujante Corredor del Henares, ignorante de lo que acaba de pasar, hace unas horas, tan cerca de allí. Aquí.

En realidad, todos nos desconocemos casi totalmente, por mucho que nos creamos bien informados por leer LA CRÓNICA o por engancharnos al Discover de Google en el smartphone. Sabemos al momento quién ha ganado la final de la Champions pero lo desconocemos todo de Nicoleta, más allá de que ha encontrado la muerte a los 40.

No hay forma más absoluta de soledad que la muerte, que te separa incluso de ti mismo. Pero a Nicoleta, y a tantas víctimas como ella, un poco más de arropamiento, de compañía o de palabras compartidas quizá le hubiera dado una oportunidad de seguir viva.

No sabemos nada de Nicoleta y no debemos especular sobre su vida y, por respeto, tampoco mucho más sobre su muerte. Pero debemos dolernos, condolernos, de que la hayan matado y de que ahora esté sola ante el absurdo, muerta a manos de quien pudo ayudarla a vivir una vida compartida. En la más absoluta soledad por haber estado demasiado sola aunque estuviera acompañada.

Nicoleta ha muerto, asesinada. Descanse paz.

Que a nosotros nos quede la desazón de no haberlo evitado.

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