Redacción de LA CRÓNICA, en la calle Pintor Antonio del Rincón, de Guadalajara.

Que el lector de LA CRÓNICA no se preocupe: este editorial, en razón de encontrarnos en pleno verano, pretende huir de lo solemne, sin frases de difícil digestión. Echar mano del móvil sobre la arena de la playa parece reñido con los pensamientos elevados o las grandes preocupaciones.

Aprovechando, por lo tanto, la ligereza de este tiempo, a lo más que nos atrevemos es a proponer una reflexión ligera –estival, se diría– sobre el periodismo que tenemos y el que usted y nosotros, tal vez, nos mereceríamos.

Víctimas de la reducción neuronal que implican las redes sociales, muchos han aceptado pasearse por el mundo mirando con un solo ojo. En la Alcarria saben de sobra que a la única que le quedaba bien el parche era a la Princesa de Éboli. Y de eso han pasado siglos. Ahora, el que es de derechas no mira por el izquierdo; y a la viceversa.

En lo poco que parecen estar de acuerdo los unos y los otros es en anunciar, de manera reiterada, el fin del mundo para pasado mañana. Sería una gran solución para nuestros males el advenimiento universal del descanso eterno. Lamentamos anunciarles que no creemos que se vaya a cumplir y, por eso, en LA CRÓNICA seguimos escribiendo, para informarles de que por aquí seguimos, al igual que usted.

Pero ni en el argumento de este «Apocalypse Now» de verdad y para todos se ponen de acuerdo los tirios y los troyanos de Twitter, ese constante espectáculo de vaciedad. Moriremos cocidos por el sol, anuncian unos; nos asolarán las hordas comunistas, proclaman otros…

En el día de hoy, cautivo y desarmado el agotado reducto de los pensadores libres, el ejército de los voceras ha alcanzado sus últimas posiciones. O casi.

En ese casi aún habría posibilidades de redención incluso para el periodismo, si los periodistas quisieran. El primer paso sería ventilar las redacciones, que se han llenado con el paso de los años del olor acre de las salas de masajes. Y no de las que usan linimento, precisamente, sino de aquellas que prometen para el que paga un final feliz.

Masajear sin límite y sin pudor al que surte de dinero ha sido, está siendo, la ruina de este oficio a cambio del circunstancial alivio de la cuenta de resultados. Aunque algunos vengan ejerciendo el tal procedimiento, con éxito aparente, desde el principio de los tiempos, otros creemos más en la fuerza que dan los lectores y en su apoyo. Por ejemplo, llegando hasta estas líneas finales ya sea bajo una sombrilla en el Levante español, comiendo una ración de pulpo camino de Santiago o bregando con el inglés de nuestras desdichas en cualquier ciudad de Europa.

LA CRÓNICA siempre está ahí, buscando el hueco que hay entre el apocalipsis y los masajes. Y lo hay. Usted es la prueba.

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