Fotos: Nacho Izquierdo
Textos: Augusto González

Luis Ángel, capellán del Hospital de Guadalajara

• La capilla del Hospital de Guadalajara suele ser un buen lugar para recogerse sin que nadie te moleste. El coronavirus lo hizo imposible: sus bancos se condenaron con cintas, para que nadie se sentase allí mientras el virus ande suelto y matando. Luis Ángel Jiménez Martínez es cura entre moribundos y en ese tránsito se encierra la clave de la vida, aunque sea entre lágrimas. Jesús, el Cristo, hombre y Dios, lo sufrió en Betania al encontrarse ante el cadáver de su amigo Lázaro: “Jesús se echó a llorar”, se escribe en el evangelio de Juan. Si hasta Dios llora en su humanidad qué no habremos de hacer los desamparados de la Tierra. Lloremos y luego actuemos. La respuesta se llama caridad y nos la enseñó el mismo profeta, asistiendo a uno que era un proscrito, por samaritano. Veinte siglos después aún seguimos sin entenderlo bien… salvo cuando un virus nos iguala a todos ante el peligro. El cura lo sabe y lo practicaría también sin necesidad de pandemias.

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Fernando, repartidor

• ¿Quién puede estar impaciente en los tiempos del confinamiento? Pues más de uno, ciertamente. Muchos, quizás. Tendemos a pensar que las crisis personales nos cambian y que los desastres universales nos harán de otra manera, seguramente mejor. En plena pandemia hemos descubierto que podemos seguir disfrutando del poder de elegir algo en nuestro móvil, comprarlo con un clic y tenerlo en nuestra puerta poco después. Como si nada pasara. Como si nada hubiera pasado. El “just in time” de la logística, aplicado a nuestra vida cotidiana de consumidores impulsivos, compulsivos o aburridos. Pero en la imagen, lo que de verdad importa no es el paquete sino quien lo porta, con la protección limitada de una mascarilla. Fernando no para de correr mientras el resto no sale de sus casas. Adivinen quién es el héroe.

Mamen Rodrigo, médico

• Primer acto: Esta mujer parece poquita cosa debajo del rígido plástico del impermeable, tan amarillo que lo diagnosticaríamos de ictericia si no fuera un objeto inanimado. Quien le da vida y razón es ella, cuando la mancha amarilla se convierte en un huracán que atiende sin cesar a los enfermos de Marchamalo, hasta que le aguante el cuerpo. Pronto saldrá de dudas, porque espera en el Hospital el resultado del test que diga si el coronavirus ha hecho presa o aún tiene indulgencia. Muchos otros han caído, en esta disparatada vorágine en que se han convertido boxes, pasillos, salas y un país entero.

Segundo acto: Mamen es mucha Mamen y sigue su camino, jalonado de momentos que habrá que intentar olvidar. Nosotros no lo haremos con su imagen: quisiéramos ser esos ladrillos que la sujetan, para que se apoye en nuestra inmovilidad y darle fuerza. Y que los ladrillos hablaran y dijeran, por nosotros, la única palabra posible: Gracias. 

Coda final: Gracias a todos, de todo corazón, a todos y cada uno de los que salvan vidas en España arriesgando las suyas.

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