‘Ordinalidad’. Es la acepción, casi palabro, que es noticia de actualidad por mérito, o demérito, de María Jesús Montero, hasta hace un rato ministra y vicepresidenta primera del Gobierno que preside Pedro Sánchez. Sin saber cómo explicarlo y puede que sin entenderlo, usando la ordinalidad a troche y moche y mal, Montero se ha metido y ha metido al Gobierno y a quien lo sostiene en algo parecido a un enigmático jardín gramático incomprensible en televisión y en buena parte de los medios de comunicación que lo recogen y han contado. La Inteligencia Artificial, IA, que entra en el diccionario rae, asocia la ‘ordinalidad’ a lo ordinal relativo al orden, para precisar el lugar que ocupa una unidad en una serie.
Veamos, pues, la ordinalidad en la que se ha enredado la aún ministra y vicepresidenta de un gobierno que se asienta en el PSOE, en un sanchismo conocido que no se oculta y en una situación que, vista o intuida, paga sueldos, nóminas y cuentas corrientes de propios, compañeros de grupo parlamentario o gobierno; y que, en algún caso, proporciona cargos a directivos en empresas públicas; empleos pagados a mindundis, familiares y próximos; o arrimados, de cualquier tipo o condición.
En general, ordinalidad como concepto. En el grupo al que pertenece Montero: Socialismo incluso y especialmente sanchistas. Socios en el Gobierno con Sumar, lo que haya o quede alrededor en la izquierda política si queda algo. Apoyos en investiduras pasada o de futuro. Y los dispuestos a recoger tajadas, prestos o tapados. Si cayéramos en la artimaña de asumir todo mezclándolo, estaríamos abocados a meter todo en el mismo saco con un error mayúsculo. El grupo tiene raíces e intereses propios que si se mezclan estorban. Porque no es a efectos dialécticos solo, ya que tienen otro calado, vale más dejar al grupo general, que sacan tajadas de sus cuitas y que son fáciles de evitar en el futuro, para intentar desenredar la madeja que Montero ha sacado, parece que sin saber cómo; y en la que han caído y siguen cayendo algunos.
Separados del grupo, entremos en la ordinalidad, que se ve y puede que no se entienda, en el socialismo, como gobierno, parte del PSOE o a distancia. No llama la atención, porque es usual, la voz de Emiliano García-Page, presidente de Castilla La Mancha cuando critica lo que entiende como ‘el mayor ataque a la igualdad’ por el que pide convocar elecciones generales. ‘La ordinalidad tal y como lo han presentado no puede ser’, advierte una federación socialista. Lo pactado con los independentistas ‘no puede ser un contrato de adhesión’. ‘Es un disparate’. ‘No gustan las formas ni suena bien la música’, recoge frases Raúl Piña en El diario El Mundo. ‘No puede ser un contrato de adhesión ni el resultado de una negociación bilateral’, se advierte en el socialismo asturiano. Y más.
Oídos los sones anteriores en un socialismo hasta ahora quedo, cabe la opción de entrar en la ordinalidad en la que Montero pretende embarcarnos a todos. Por orden la serie: España, Autonomías, Partidos políticos, Intereses grupales o provecho con momios privados para algunos. No hay historias difíciles de entender. Entre la madeja que usa la aún vicepresidenta primera del gobierno, el orden, como la ordinalidad, no es lo de menos, porque importa el lugar que se ocupa en la serie, que en buena lid y entendimiento es inmutable. También los enjuagues que se buscan a costa de todos con marañas y enredos en beneficio de unos cuantos.
En consecuencia, es preferible que este Gobierno, el PSOE y quienes le sostienen busquen y se expliquen, primero para ellos si como disculpa lo necesitan; y si, a bien lo tienen, aunque no sea necesario, qué entiende y quiere disimular María Jesús Montero cuanto usa el palabro que, a trompicones y de mala manera, hace pensar y temer en la ‘ordinalidad en el gobierno y en el PSOE’.
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