Desde hace días, una pancarta nos recuerda desde el balcón del Ayuntamiento de Guadalajara que esta capital castellana es una "Ciudad libre de trata y explotación sexual de mujeres y niñas". Y estaría bien si no fuera mentira.

No basta con decir que somos felices para serlo, aunque ayuda. El autoengaño nos ahorra dolor y, sobre todo, esfuerzos para mejorar nuestra condición. Eso pasa tanto con las personas como con los municipios, según se ve.

Aceptemos la bondad de plantar en la Plaza Mayor un mensaje sobre fondo violeta con el que nadie puede estar en desacuerdo. Lo aceptaremos, sobre todo, como indicio de que las cosas van a cambiar en Guadalajara y que el propio Ayuntamiento que auspicia y promociona el mensaje no solo se lo cree, sino que va a hacer lo necesario para que en Guadalajara no haya compraventas forzadas de cuerpos de mujer.

¿Pecaremos de ingenuos si creemos que los nuevos responsables del Consistorio de esta capital van a ordenar el cierre inmediato del mayor prostíbulo de estos contornos? Sí, ese tan fácilmente reconocible y tan visible que abochorna desde hace dos décadas con su ostentosa presencia de esclavitud inducida, consentida y amparada bajo eufemismos.

¿Pecaremos de ingenuos si creemos que el nuevo intendente de la Policía Local va a ordenar la inspección inmediata de las condiciones administrativas y de salubridad en las que operan los demás locales, "bares" de alterne donde no alterna más que la cutricie y lo sórdido?

¿Pecaremos de ingenuos si creemos que se van a abrir canales de denuncia y coordinación entre los particulares y el Ayuntamiento para impedir que algunos pisos de algunos bloques se conviertan en casas de citas "full time", entre la desesperación de los vecinos y la inacción de los políticos?

Si hay que pecar de ingenuos, pecaremos, que no será el peor pecado. Mucho peor es permitir la prostitución de quien no quiere ejercerla. Eso está pasando aquí, alrededor de todos nosotros, por más que una pancarta sostenga lo contrario.