Alejandro Alonso.
Alejandro Alonso.

El 19 de septiembre de 2020, a los 108 años de edad, moría mi madre, Leonor Núñez Garralón.

Es mi madre y a una madre se la quiere y se la respeta, pero en mi caso y en el de mis hermanos es admiración lo que tenemos por ella. Ojalá que en este caso lo de la genética funcione y nos haya dejado parte de sus genes, cargados de excelentes valores.

Nació en Cogolludo, Guadalajara, el 18 de agosto de 1912. Hija de Carlos Núñez, farmacéutico del pueblo y de Leonor Garralón, de Torrebeleña. Mi madre era la mayor de 6 hermanos.

Fue una estudiante brillante que obtuvo su título de Licenciada en Farmacia con tan solo 21 años, siendo una de las primeras mujeres en esta Facultad. Nos contaba que ella y su compañera se organizaban de forma que una tomaba los apuntes y otra las fórmulas, de modo que juntas confeccionaban unos apuntes perfectos que eran la envidia de todos los estudiantes. El título está expedido el 24 de febrero de 1934 por el Presidente de la República y, en su nombre, el Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes.

Su primer destino como farmacéutica fue Fuencaliente (Ciuidad Real). Contaba muchas veces cómo llegó a una farmacia, para la que pidió la plaza en un anuncio del periódico, y que se encontraba en un pueblo recóndito: llegó en caballería desde la estación de tren mas cercana, Veredas, que dista 40 kilómetros del pueblo. Pero la hazaña tuvo premio, porque allí conoció a mi padre, Alejandro Alonso Muñoz.

Después de la guerra se casaron en Madrid y poco después nacimos cinco hermanos: Manolo (fallecido en 1999), Pilarín, Carlos, Mamen y yo. Ha sido la cabeza de una familia de 5 hijos, 9 nietos, 16 biznietos y otra en camino. Una familia con mayúsculas de la que nos sentimos orgullosos de formar parte.

Sus últimos años los ha pasado en la Residencia Santa Teresa de Jornet de Carabanchel, en Madrid. Las monjas y las profesionales que la han cuidado magníficamente en estos últimos meses nos contaban que con sus 106 años les daba consejos de cómo curar dolores de cabeza y otras dolencias y que les trataba de explicar cosas que ella recordaba de sus estudios, les recitaba la tabla periódica de los elementos, les hablaba de formulación y les contaba sus recuerdos relacionados con la monarquía (Alfonso XIII), la República, los desastres de la guerra y tantas otras cosas. Sin duda, mi madre ha gozado de una mente privilegiada. Pero siempre tratando de ayudar, agradar a todos, no crear problemas a nadie; en definitiva, un ejemplo de persona difícil de superar.

Tenía una gran vitalidad y siempre la inquietud por aprender. Recuerdo que cuando toda la familia nos reunimos para celebrar sus 100 años decía que “se le había hecho corto” y nos decía algunas cosas que sentía no haber hecho a su tiempo, como aprender a nadar, sacarse el carnet de conducir y ahora, en los últimos años, saber utilizar Internet.

También era muy metódica. “Haced siempre las cosas a su tiempo” nos decía. Llevaba una economía de sobres, para dedicar a cada cosa lo que se podía, sin derrochar. Y era especialmente meticulosa con la comida… quizá por eso ha alcanzado los 108 años. Todos los días, fruta (yo de niño odiaba los plátanos porque nos obligaba a comer uno cada mañana); todos los días, verduras; legumbres, al menos, dos días a la semana; carne y pescado, alternando, etc. En el Mercado de Ibiza, donde hacía la compra todos los días, era conocida por sus conocimientos de alimentación.

Ha sido una mujer que adecuó su carrera profesional para acompañar y apoyar a mi padre en la suya, pero aún así ejerció su profesión en Fuencaliente (Ciudad Real), Albaladejo (Ciudad Real), Valdepeñas (Ciudad Real), Olías del Rey (Toledo) y Cogolludo. Ella podría haber sido lo que se hubiera propuesto, pero eran otros tiempos y otros valores que seguro jugaron en contra de sus posibilidades profesionales; desde luego, no en las familiares pues gracias a ella la familia se mantiene unida.

Estuvo siempre pendiente de todos y cada uno de nosotros para darnos en cada momento el consejo adecuado, sin imposiciones, tratando de explicarnos su visión de las cosas y después que cada uno tomara su decisión.

Ella, sin saberlo, se ha ido convirtiendo en una figura mítica en la familia. Los hijos, lejos ya de la infancia y adolescencia en la que ella era la autoridad materna, hemos aprendido a verla como lo que siempre fue: una persona de una calidad humana excepcional y para los nietos y biznietos, la abuela Leo que siempre será memorable.

Intentaremos seguir su senda y ejemplo de vida.

Alejandro Alonso Núñez