Augusto Gonzalez Pradillo.

Este que les escribe jamás ha gastado bigote, razón por la cual no he disfrutado jamás del placer de ver ensortijarse los fideos de la sopa antes de llegar a la boca. Tampoco he sentido nunca atracción sexual por ningún hombre, con lo cual no sé lo que me pierdo ni puedo describirlo. Sí puedo glosar, en cambio, el valor infinito de la libertad individual. Y de la necesidad permanente de defenderla.

Los humanos tenemos predilección por las efemérides y, sin embargo, se nos ha escapado el aniversario de algo que resultó fundamental para la historia de Europa. Incluso aunque casi nadie lo recuerde.

Hace ahora un siglo, los camareros de París se fueron a la huelga no por su salario, sino por su dignidad. Muchos de ellos se habían pasado meses o años llenos de barro y asco en las trincheras, sufriendo la estupidez de sus jefes y aguantando a pie firme y con la bayoneta calada para que los boches no se pasearan a sus anchas por los Campos Elíseos. Hitler lo conseguiría 22 años después. Que fueran esfuerzos inútiles o no, todo es cuestión de perspectiva. En nuestros días, apenas un 5 por ciento de los parisinos pisan alguna vez la principal avenida de la ciudad de la cual es alcaldesa una francesa de Cádiz. Y por donde el blindado “Guadalajara” desfiló en 1944 se les deja el terreno libre a otros invasores, con carnet de turistas, de esos que reclaman un café a gritos de “garçon, garçon” cuando lo que ellos esperan es un respetuoso monsieur o madame acompañado de un s’il vous plaît, que es lo que corresponde.

Por respeto se rebelaron hace un siglo los colegas de los actuales camareros de París. Se hartaron de estar hartos y no consintieron que perdurara la mayor de las ofensas: la legislación no les permitía ejercer el oficio con mostacho. La cosa era grave, más de lo que podamos siquiera imaginar, puesto que el bigote era en esas décadas el signo más visual del sexo y de la clase, reservado como estaba para los burgueses. ¿Bigotes en las trincheras y no en los bulevares?

Aquello acabó como debía: con la victoria de los oprimidos, que pudieron atender a los clientes con el labio (retorcido o no) cubierto por ese “conjunto de pelos” al que alude la RAE en una de sus más insípidas definiciones.

Hoy, en días de celebración de la diversidad incluida en las siglas LGTBI, tampoco está de más recordar a aquellos hombres de París. Lo que subyace de aquellas luchas en las actuales es la persistente falta de respeto a la propia identidad, en una sociedad que se resiste a que cada cual nos presentemos ante el mundo como nos pete.

Lo que nos salva como personas es el ejercicio de nuestra libérrima libertad. Esa que nadie debería administrarnos, ni siquiera para salir en la foto.

¿Qué nos puede ayudar en el transitar hacia nuestra libertad, tan amenazada? Alguna vez fue útil parapetarse detrás de un bigote. También puede serlo seguir el arcoíris, aunque nunca lo alcancemos.

Justo antes del final comprenderemos que la meta es el camino. Con baldosas amarillas o del color que elijamos.