Augusto González Pradillo.

En pleno guirigay autonómico, cuando ni armados de brújula, plano, gráfica y transistor somos capaces de saber a qué sitio se puede viajar y a dónde no, este jueves el ministro de Sanidad, Salvador Illa, se ha levantado con ganas de hablar.

Después del desayuno, el espigado y destartalado prócer catalán se ha dirigido a los españoles, aunque no para resolver el desastre que nos asola en el dislate interregional. Tampoco para aclararnos si hay algún plan para el mejor control de los infectados. Menos aún para anunciarnos el cese de Pedro Simón, ese humorista.

Salvador Illa se ha levantado con ganas de decirnos, en este 29 de octubre del año de nuestro Señor, que la aplicación Radar COVID, desarrollada para ayudar al rastreo de contactos de la pandemia, será compatible “e interoperable” con el resto de países europeos a partir del viernes, 30 de octubre.

¿Y para qué?, habría que preguntarle.

¿Y para qué? debería haberse preguntado él mismo antes de abrir la boca y de que sus servicios de Prensa redactaran el inevitable comunicado.

Para que el susodicho Radar COVID se haya puesto en marcha en todas las regiones españolas ha sido necesario esperar varios meses, hasta que acertaron a entender cómo hacerlo en cada autonomía. O sea, lo normal por estos pagos.

Cuando se ha conseguido ese logro a 17 bandas ya se nos ha pasado la ilusión y la esperanza. Aseguran que en todo este tiempo se han producido 5 millones de descargas de la app. Puede ser verdad. Lo que no dicen, porque no se sabe, es cuántos son realmente los que la mantienen en su teléfono y, menos aún, los que la utilizan. Imposible, por último, lo de saber quiénes la usan bien.

Y cuando por Europa algunos países se han coordinado entre sí, ya resulta imposible comprobarlo in situ, con las poblaciones confinadas y los desplazamientos restringidos.

Un usuario de la aplicación Radar COVID.
Un usuario de la aplicación Radar COVID.

Un sistema que requiere que el nuevo infectado se tome el interés de anotar en su móvil el hecho personal de que acaba de dar positivo entra dentro de la categoría del imposible metafísico: primero, por lo lejanas que nos quedan a muchos de nosotros las pruebas, que nadie nos ha hecho ni nos harán; segundo, por la dosis de civismo que exige tomarse la molestia de notificar al mundo, aunque sea anónimamente, que tienes el bicho en el cuerpo. Demasiado esfuerzo moral para casi cualquier español. Los índices que se van conociendo, que son paupérrimos, lo confirman.

Pero, eso sí, hay que ver lo que nos hemos entretenido esperando desde el verano que un programita en el smartphone nos despejara el camino hacia la salvación. Nuestra ingenuidad como pueblo sería conmovedora si no hubiera resultado letal para tantos compatriotas.

Aquí el único que parece tener las cosas claras es el virus.

Por eso no extraña su éxito, que es nuestro fracaso.

Feliz descanso, señor ministro.

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