La ovación tras la representación de
La ovación tras la representación de "El médico de su honra" en Alcalá fue atronadora y merecida. (Foto: La Crónic@)

La muerte no cesa de llamarnos desde los otros, hasta que nos señala y nos vamos con ella para no volver. Es una historia vieja, pero siempre actual ante lo improbable de la inmortalidad, que esa sí que sería una dura condena.

Este jueves, en Alcalá de Henares, se estrenaba en el Teatro Salón Cervantes una reposición de “El médico de su honra”, de Calderón de la Barca ajustada al canon que estableció en 1986 Adolfo Marsillach. Se puede disfrutar de la representación el viernes y el sábado. Es una parte, y no de las menos brillantes, del amplísimo programa del Festival Iberoamericano del Siglo de Oro que promueve la Comunidad de Madrid.

El montaje es excelente. Los actores dicen bien sus textos. La música acompaña y marca el tempo, al igual que lo hace el coro silencioso de espectros a lo Magritte que mueven el mínimo decorado. La trama es un torbellino de enredos. Las metáforas de Calderón siguen siendo luminosas… y, sin embargo, al espectador de 2021 lo primero que se le cruza por la mente, y por el alma, es el rechazo frontal a la tan cotidiana “violencia de género”.

Lo que en 1637 era recibido con otra naturalidad y en pie por el público de los corrales de comedia, es digerido con dificultad por el de nuestros días. Así llevamos en lo que va de siglo, siempre que se ha puesto sobre la tablas “El médico de su honra”, con un reiterado empeño para justificar al clásico: intentando hacerle pasar a Calderón por protofeminista para que no se le acuse de machirulo avant la lettre. Pues ni lo uno ni lo otro, porque lo que estos días se representa con tanta brillantez en la ciudad complutense es, en el fondo, un relato de nuestro absurdo contemporáneo. Inquietante y deslumbrante, a partes iguales.

Para quien no lo conozca, la acción se desarrolla en la Castilla de Pedro I, aquel rey que para unos fue “El Cruel” y para otros, “El Justo”. Calderón intenta que ejerza de lo segundo y el rey fracasa de manera estrepitosa en la regia tarea, sin perder la dignidad. El gesto, cómplice y displicente, en la última escena del último acto, mirando al público el actor que lo encarna, es el mejor colofón a dos horas de enredos sublimados.

En la España de hoy el honor no se valora más que como una antigualla. Lo que no está prohibido, está permitido. Y de lo prohibido, permitido está en la práctica todo lo que no vaya contra los intereses propios, mientras nadie lo impida y hasta que la Ley lo castigue, si llega el día. Más antigualla aún, para nuestra suerte, es la honra que tanto juego dio en el Siglo de Oro y que hoy nos ofende en nuestra sensibilidad. Otras culturas, dicen que respetables, aún la esgrimen con fruición para sus crímenes.

Acertó Marsillach hace tres décadas haciendo aflorar entre el drama calderoniano el frenesí del absurdo existencial de sus personajes: el rey justo no logra serlo; el marido celoso es víctima de sí mismo y deviene en verdugo; el médico judío mata; la dama equivoca el amor y sus soluciones; la ofendida repugna; el infante, asquea en su egoismo ramplón… Así se ven desde el siglo XXI los personajes que tan de otro modo eran recibidos en el siglo XVII, sobre el mismo suelo castellano. ¿Vamos mejorando? Al menos, vamos cambiando.

Somos tan distintos los españoles de uno y otro tiempo como diferentes son los dramas que encierran la ficticia doña Mencía y la muy real Nicoleta, asesinada hace tan poco y tan cerca que aún nos estremece. Al Gutierre de esta obra le recetaríamos ahora otros bálsamos para su mal de celos: donde el ponía discreción y sangre para lavar afrentas, mejor bromuro y amputación del miembro que moleste.

Pero no erremos con Calderón lo mismo que con los crímenes que nos atormentan en el tiempo presente. Lo que se escribió entonces aún vuela alto, con otro plumaje.

Tragedia, drama y absurdo en dos horas de terapia bien versificada, para el espectador que acepte pasar un largo rato atendiendo, pensando… y sin mirar el smartphone.

Es el teatro, de nuevo recobrado.

Más artículos de El Paseante: