En este acceso a Guadalajara empezó la historia de C. que ahora ya casi toca a su fin. (Foto: Google Maps)
En este acceso a Guadalajara empezó la historia de C. que ahora ya casi toca a su fin. (Foto: Google Maps)

Es más que probable que usted no sepa qué andaba haciendo el 1 de agosto de 2019, salvo que fuera el día elegido para las vacaciones de verano, el último verano antes de la pandemia del coronavirus. A nuestro hombre, en cambio, no se le olvidará ese día mientras viva.

Ahora, tras la temporada pasada en la cárcel, aún le dará vueltas y pensará por qué fue a darse de bruces a las ocho menos cuarto de aquella tarde con un control de la Policía Nacional. Tampoco era tan extraño que los agentes estuvieran allí, a escasos 200 metros del cuartel de los GEO, en la entrada a Guadalajara.

Al protagonista de esta historia –llamémosle C.– le dieron el alto porque sí, sin que en eso influyera que su carro tuviera más prestancia que otros: un Mitsubishi Outlander no destaca tanto en la España de los SUV y los todoterrenos. Tampoco el hecho de que le acompañara su mujer, en el asiento del copiloto. Una pareja más en una tarde tan calurosa como cabe esperar en esa fecha: 34 grados a la sombra del toro de Osborne. Como para extremar el celo a la intemperie…

Pero algo se torció donde nada debía salir mal.

C. entró en pánico y le resultó imposible disimular unos nervios crecientes. Visto el panorama, la patrulla del control policial se animó a hacer un examen más exhaustivo del vehículo y tuvo éxito: debajo del asiento de la acompañante encontraron un pequeño cubículo, bien disimulado. Bajo una tapa metálica, cubierta por moqueta y con imanes para permanecer bien sujeta al chasis, el compartimento ocultaba dos bolsas de plástico. Dentro de ellas “un líquido de color verde y una sustancia blanca, de composición pastosa”, según quedó constancia a partir de entonces en la documentación oficial. Más de un kilo de cocaína con un valor de un cuarto de millón de euros.

Audiencia Provincial de Guadalajara. (Foto: La Crónic@)
Audiencia Provincial de Guadalajara. (Foto: La Crónic@)

Peticiones decrecientes de cárcel y una sentencia 

Aunque los muchos consumidores del polvo blanco no lo sepan, a C. lo acaban de juzgar en la Audiencia Provincial de Guadalajara por intentar facilitarles la diversión. A su precio, que está pagando.

Entró en prisión no por ser estar pillado por la coca, que no es delito, sino por participar en el engranaje de su distribución. Esa sería, a la postre, su forma de escapar de una condena mayor: el 23 de octubre de 2019 consta que “colaboró con las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado para impedir la actividad y desarrollo de la organización a la que pertenecía para impedir el tráfico ilegal de sustancias estupefacientes”. Una “atenuante muy cualificada”, que podría rebajarle en dos grados la pena. Como así ha sido.

La Fiscalía abordó el caso hace meses planteando 8 años de cárcel para el acusado y casi medio millón de euros de multa. En el juicio ya redujo su petición la fiscal a 5 años. Al final, los tres magistrados lo han dejado en 2 años, ya prácticamente cumplidos y una multa de 38.858 euros, que de no pagarse le acarreará 3 meses más de cárcel.

Desde aquella tarde, muchos han seguido procurándose el subidón deseado sin mayores problemas. Para C. fueron el traspié, la detención, la cárcel y la perdida definitiva de dos años de vida y de aquel coche manipulado. Ese Mitsubishi Outlander que ha quedado decomisado, cerrando así el círculo de este borrón de su historia.

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