La Calle Mayor, a la altura de la Plaza Mayor, al final de la pandemia, en junio de 2020. (Foto: La Crónic@)
La Calle Mayor, a la altura de la Plaza Mayor, al final de la pandemia, en junio de 2020. (Foto: La Crónic@)

Guadalajara siempre ha sido una ciudad de funcionarios y poetas. Esa definición la escribió hace años el director de LA CRÓNICA, según él mismo jura y perjura desde hace un rato, aunque no ha podido demostrar a nadie de esta casa dónde lo escribió. Pero sometámonos a la jerarquía y aceptemos la verdad de esa sentencia, porque la ciudades provincianas son (o eran) así.

Guadalajara nunca fue, en cambio, una ciudad propicia para los pícaros. A la hora de trasgredir las normas, por aquí se ha dado siempre con mucha más facilidad el golfo que el pillo. Y por encima de ellos, el canalla sin escrúpulos a la hora de desplumar alícuotamente a todos los circundantes, capaz de enriquecerse y medrar a costa del prójimo con una sonrisa en los labios, con las leyes a favor y siempre a gran escala. Con la gran escala que permite Guadalajara, que tampoco es tanta, no vayamos a engallarnos.

Guadalajara, ciudad de funcionarios y poetas, vuelve a tenerlos por la calle, según va terminando el precepto del teletrabajo. A los golfos canallas aún no se les ve, porque todavía no han vuelto de los escondrijos donde han pasado su feliz confinamiento.

Entre unos y otros, se comprenderá que nos quedemos con los primeros. Por ser más y más cercanos.

Dicen los que mandan sobre este gallinero que la cosa de la pandemia se va solucionando. Así es, aunque de aquella manera.

Ver a Fernando Simón con el pelo corto tranquiliza tanto (o tan poco) como verlo con la melena irradiante que gastaba durante lo más duro de la matanza.

A este paseante lo que de verdad le alivia el alma es comprobar que cada día son más los funcionarios que recuperan el sabor del café mañanero en los bares del centro de esta capital. Han vuelto a la calle los que nunca se podrán quedar en la calle, desde que ganaron su oposición.

Para el resto de los mortales, agarrados a un salario fugitivo, los próximos meses serán otro cantar y un duro sufrir. Pero, al menos, nos quedan los funcionarios. E incluso funcionarios habrá que se opongan a los anhelos arbitrarios de sus jefes políticos. Soñar es gratis.

Si además nos quedaran funcionarios poetas seríamos la ciudad que alguna vez fuimos. La que nunca más será.

Tenemos que hacer otra. E intentarla mejor, si es que sabemos. 

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