Uno de los movimientos de cámara de la mujer, mientras se grababa en pleno frenesí.
Uno de los movimientos de cámara de la mujer, mientras se grababa en pleno frenesí.

A este paseante le ha prevenido la dirección de LA CRÓNICA de que ni se le ocurra difundir desde el periódico el vídeo que corre por todas las redes sociales, en el que una airada madre graba la escandalera que provoca en el Toys”R”Us del Ferial Plaza de Guadalajara. Desde su experiencia y con sus canas, el director de esta casa que nos acoge considera que no es posible reproducir en un medio español el vídeo, puesto que ahí salen muy reconocibles unos niños de corta edad a cara descubierta. Que los haya grabado su madre en un lugar público y en pleno escándalo a grito pelado no exime de hacerlo así, según razona. En cualquier caso, basta buscar en Twitter “video guadalajara” y se encuentra con toda facilidad.

Mucho más complicado es entender lo que ahí se ve.

Se puede ser negacionista y tener derecho al mismo aire que todos respiramos, pero no para llenarlo de miasmas y virus. Se puede perder el respeto a los trabajadores que velan por la seguridad de todos, pues la realidad es que lo hizo… pero ojalá las consecuencias de esa conducta fueran más severas que las que todos intuimos. Y lo que nunca se puede es pretender hacer comulgar a todos con unas ruedas de molino del tamaño de una catedral de un modo tan zafio y desabrido como ese.

En España se habla alto y se grita demasiado, lo cual parece ir en relación directa con el número de imbéciles que hemos criado y que están en niveles de superpoblación rampante, como los conejos en el campo. Ni unos ni otros parece que tengan depredador eficaz y su número es inmanejable. Basta salir a la calle para comprobarlo.

… y, mientras, la lección del vagabundo de Bankia

Este domingo, camino de la Redacción, este paseante se ha encontrado con una escena complementaria a la anterior que, por pudor, obviamente no ha grabado.

Un jubilado, con inconfundible estampa de haber pasado la mocedad y la etapa adulta en un pueblo de la provincia, reconvenía bajo los soportales de la Plaza Mayor al vagabundo que en estos días (mejor sería decir en estas noches) duerme en el portalillo del cajero de Bankia.

El hombre, con su gorra calada, le insistía que ahí no podía estar, porque molestaba. Le recitaba sin aspavientos un amplio catálogo de preceptos de la urbanidad rural, que es la más cívica que nos queda.

Frente a él, el reprendido le miraba tranquilo: es alguien que aparenta unos 60 años, cumplidos dando tumbos por la vida. Antes de buscar algún bar de guardia y calzarse sin prisas medio litro de cerveza, le ha musitado respuestas al viejo de la gorra… al tiempo que sacaba una mascarilla entre los restos de un abrigo ajado y se la colocaba meticulosamente en el rostro. Una FPP2 blanca, reluciente y protectora.

Les juro que me han alegrado el día, aunque ellos no lo sepan, mientras les veía a los dos, hablando sin chillar, los dos con sus mascarillas, cada vez más lejos los dos… mientras aún tenía fresco el recuerdo de la otra, la energúmena del vídeo.

No será fácil pero quizá haya remedio. Será cuando la solución deje de ir en la dirección contraría del tiempo que, ese sí, sigue pasando. El mismo tiempo que unos ocupan en gritar mientras los demás les miramos, callados o indiferentes.

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