Fotos: Nacho Izquierdo
Textos: Augusto González

Domingo Viejo, conductor de ambulancia

• Aquellos malos tiempos amenazan con presentársenos ahora en la memoria como el colmo de la felicidad. Durante años, el sector del transporte sanitario ha vivido convulsiones constantes, quejas laborales, adjudicaciones cuestionadas … La barahúnda de entonces contrasta con el silencio de la ciudad, hoy.Y en medio, trabajadores como Domingo, sin tiempo más que para llegar a destino cuanto antes. En su manga izquierda luce tres banderas: la de la Comunidad Autónoma que le paga, la del país donde nació y la de una Unión Europea más desunida que nunca. Con Domingo a punto de sentarse en su ambulancia no hay duda del camino que tenemos que emprender: vivir el hoy para tener un mañana, sin regodearnos en el pasado. A poder ser, para alcanzar un futuro sin tantas sirenas de ambulancia gimiendo por las calles.

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Pablo Sánchez Torralba, trabajador de logística

• Pablo, con toda la vida por delante, está en su pleno derecho de considerar al tiempo su aliado y no solo el dictador de sus jornadas laborales. Trabaja en el sector que hizo de Guadalajara la provincia con mayor crecimiento del empleo, en la década previa a la pandemia. A los 24 años a uno no le asusta que el reloj de tu muñeca marque las horas ni que cuente tus pasos, porque desde la juventud está uno para comerse el mundo, tanto si te lo sirven crudo como en salsa pepitoria. ¿Por qué, entonces, todo parece congelado hasta el fin de la eternidad en esta imagen? Porque Pablo, como todos nosotros, aún luchamos por salir de ese agujero negro con forma de virus. Él lo va consiguiendo, trabajando. Así lo haremos (pero no) todos: con el mucho trabajo que ya va faltando.  

Miguel, empleado de funeraria

• Miguel es muy consciente de la magnitud de la catástrofe. De haber estado confinado, como tantos, habría tenido oportunidad para elucubrar desde la abrumadora placidez del hogar familiar sobre el número real de fallecidos en la pandemia. Pero como Miguel es jefe de servicio de Mémora, las mañanas, las tardes y las noches las ha dedicado a embridar el desastre. Por respeto a los muertos y a sus deudos. Las autoridades, desde sus despachos, primero limitaron los cortejos a ocho familiares, más el cura; luego, asustados por el ímpetu del contagio, sólo a tres. Lo que nunca varió fue el esfuerzo sin medida de estos hombres para que escenas como las morgues improvisadas de Madrid no se repitieran en esta tierra. Miguel y sus compañeros lo han conseguido, sin alharacas. Para ellos, nuestro elogio. Para otros, seguirá vivo por mucho tiempo nuestro reproche.

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